Jorge Vargas Cullell. 23 diciembre, 2020

Ocurrió hace más de un siglo, en las navidades de 1914 para ser exactos. En los inicios de esa gran carnicería que luego los historiadores llamaron la Primera Guerra Mundial sucedió un hecho insólito en las trincheras. Soldados alemanes, ingleses y franceses decretaron, de manera espontánea, una tregua. Depusieron las armas y juntos cantaron villancicos y hasta jugaron fútbol en los campos de la muerte. De paso nos recordaron que, aún en tiempos atroces, hay quienes creen en nuestra hermandad.

Fue una paz efímera, rápidamente sofocada por los generales de ambos bandos bajo amenaza de fusilamiento en caso de nuevas confraternizaciones. De nuevo, la locura y el odio se apoderaron de todo un continente por casi cuatro años o, incluso más pues, visto con perspectiva histórica, esa conflagración se encadenó con la cruenta guerra civil rusa de 1919-1921, la brutal ocupación japonesa de China y Corea, el ascenso del fascismo y el nazismo, las purgas del estalinismo y, para rematar, la Segunda Guerra Mundial solo veinte años después. Un período horrible en el que unas cien millones de personas fueron torturadas o asesinadas.

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Enfoque: Informalidad

Siempre me he puesto a pensar sobre lo que hubiese ocurrido si la tregua de Navidad de 1914 hubiese perdurado. Si el gesto de centenares de soldados rasos hubiese desatado una fuerza irresistible por la paz y el respeto a la dignidad ajena. ¿Qué clase de mundo habría seguido después? ¿Un breve «hipo» pacífico, rápidamente atropellado por ambiciones de poder y dominación, o un punto de giro para una historia distinta?

La especulación no tiene una respuesta científica. Depende, en último análisis, de la concepción que tengamos sobre la naturaleza humana. Si creemos que una pulsión innata por la dominación social mueve nuestra alma, la paz será siempre un mero paréntesis y, rodeos más o menos, la historia hubiese sido la misma.

Lo veo distinto. Creo que los seres humanos caminamos al filo, a cada paso somos capaces de lo mejor y de lo peor. El «Eros» y el «Tánatos» anidan en todos nosotros y, tanto en lo individual como en lo colectivo, requerimos de mucho esfuerzo para que ese eterno conflicto se decante por el lado de la vida. Si no creyera eso me resultaría dificilísimo mirar a los ojos de todos ustedes y a los de mis seres queridos y desearles, con sinceridad: ¡feliz Navidad! Pero, por dicha, puedo hacerlo.

El autor es sociólogo.