Hoy, quisiera hablar sobre un tema que, entre tanta incertidumbre, creo que ha emergido como una tarea estratégica por resolver, ojalá lo más pronto posible, una vez hayamos salido de este enredo. Me refiero a la necesidad de que todos los hogares, instituciones públicas, empresas grandes, pequeñas, minis y start ups estén conectados a Internet por medio de banda ancha de alta velocidad.
Y, cuando digo todos, quiero decir precisamente eso: todos, incluida la escuelita como la de Sierpe y la casa de doña Tere y don Paco. Así como hace décadas dijimos que la educación debía ser obligatoria, en pleno siglo XXI deberíamos asegurar, como meta nacional, que todos los habitantes, físicos y jurídicos, estén conectados a la Internet de avanzada.
En esta pandemia, ya nos dimos cuenta de que una buena Internet es medular para el teletrabajo, para implementar una educación a distancia que no excluya a los estudiantes más desfavorecidos, mantener a flote las redes de comercio local o contactar en tiempo real a los hogares que la están pasando muy mal. Se vuelve vital para que las empresas vendan sus productos y servicios por otros medios y para que las autoridades sanitarias sepan el estado de salud de las personas en tiempo real.
Nos cazaron pelando elotes: no teníamos lista la infraestructura digital y, por esto, en muchos sectores, nos está costando tiempo precioso ensayar respuestas oportunas en la emergencia. Estas respuestas serán, en todo caso, menos eficientes y socialmente incluyentes de lo que pudieran haber sido de haber estado preparados.
La cuestión va más allá de la pandemia. Otra cosa que también nos dimos cuenta es de que los patrones de movilidad de cientos de miles de personas pueden ser modificados si todo mundo está bien conectado, que la huella de carbono puede bajar. Que nos podemos ahorrar casi todos los trámites personales: de repente, lo que siempre las instituciones públicas decían que no se podía, ahora se puede hacer.
No soy ningún experto (me encantaría serlo) para recomendar la estrategia para lograr rápidamente la meta que antes enuncié. Sé pocas cosas: que debiéramos juntar a nuestras mejores mentes y especialistas para que digan cómo hacerlo; que implicará una buena alianza pública y privada y, finalmente, que Fonatel y el ICE podrían desempeñar un papel clave si dejaran de arrastrar los pies como lo han hecho durante tanto tiempo.
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El autor es sociólogo.