
Sí, ya sé que el refrán popular reza: “El hombre propone y Dios dispone”, pero ya les explicaré el porqué del título de este artículo…
Todo comenzó con un viaje que mi padre planeó a uno de sus destinos favoritos en la década de 1990: El Carmen de Nueva Esperanza, Siquirres, en la provincia de Limón.
Ese rincón de Costa Rica era un asentamiento de campesinos que vivían en parcelas adjudicadas por el Instituto de Desarrollo Agrario (IDA), el cual se transformó en el 2012 en el Instituto de Desarrollo Rural (Inder).
Aquella gente, sencilla y amistosa, trabajaba en su mayoría para alguna de las compañías bananeras de la zona, cultivando y cosechando ese fruto, y empacándolo para su exportación.
Varios de ellos moraban en viviendas de madera y cemento, en tanto que otros habitaban ranchos con piso de tierra en donde se cocinaba en un fogón alimentado con leña. En este caso, la iluminación nocturna dependía de velas y candiles de fabricación doméstica, mientras que el agua provenía de un pozo.
En muchas de esas chozas los mosquiteros de tela colgaban sobre las camas para impedir que los hambrientos zancudos se dieran cuatro gustos con la sangre de sus residentes.
Algunas familias tenían ganado lechero y producían queso; otras, criaban chanchos y gallinas, y varias convirtieron sus terrenos en huertas.
Tengo presente que les debo la explicación del título de este texto…
En aquellos años, El Carmen era un caserío con calles de lastre que cada verano tosían y estornudaban polvo, pero al llegar el invierno se transformaban en una galería de charcos y suampos.
Mi tata era feliz visitando, dos o tres veces por año, a los muchos amigos que tenía en ese lugar: Román y Ninfa, Abelino y Aminta, Luis y Zenedida, y José y Xiomara, entre muchos otros. Siempre llevaba su acordeón marca Hohner, cuyas notas se unieron en muchas noches a la sinfonía de ranas, grillos y cuyeos.
La casetilla de la humildad…
Aprovechando que me encontraba disfrutando de unos días de vacaciones como periodista de La Nación, me sumé a uno de los viajes planeados por mi padre. Me sedujo la idea de batir barro, ir de pesca al Reventazón y comer tortillas palmeadas.
Recién habíamos dejado atrás el distrito central de Siquirres cuando mi estómago me avisó que alguna comida del camino me había caído pesada. Así se lo hice saber a mi tata, quien conducía un ya kilometreado jeep Daihatsu al que él llamaba El saltamontes.
Llegamos por fin a una parcela en la que nos conocían. Acabábamos de bajarnos del vehículo cuando escuchamos voces provenientes del interior de la casa: “Ahí vienen don David y su hijo periodista”.
Confieso que la traviesa vanidad me infló un poco el ego, por lo que a partir de ese instante asumí pose de reportero experimentado, como si fuera Bob Woodward o Carl Bernstein, los jóvenes periodistas del The Washington Post que en 1972 destaparon el escándalo político llamado Watergate y que provocó la renuncia del entonces presidente estadounidense Richard Nixon.
El engreimiento aumentó de peso cuando la señora de la casa le pidió a su hijo que le mostrara “al periodista de La Nación” dónde estaba el baño. Mientras caminábamos, aquel muchacho me hacía, entusiasmado, preguntas sobre mi trabajo.
El baño era una letrina, esa rústica casetilla de madera equipada con un interior de hueco, un espacio muy común en el campo y en el que por lo general no hay papel higiénico, sino trozos de periódicos cortados a pura mano.
Ingresé, tranqué la puerta y justo cuando me disponía a desabrocharme el pantalón, descubrí algo que primero me sorprendió pero casi de inmediato me produjo un ataque de risa: el primer pedazo de papel tenía mi foto y un artículo de opinión que yo había escrito hacía pocos días.
Les cuento que salí de la letrina con el estómago aliviado y los pies bien puestos sobre la tierra.
Desde entonces tengo claro que el periodista propone y el lector dispone…
José David Guevara Muñoz es periodista.
