
He notado en varias ocasiones, a mis casi 57 años, una paradoja que suele pasar inadvertida en momentos políticos decisivos: actores que dicen defender lo mismo terminan actuando como si no compartieran nada. No es una contradicción menor y no pocas veces es el germen de derrotas que luego se presentan como inevitables.
Hoy, en Costa Rica, esa paradoja se expresa con particular nitidez. Una candidatura concentra alrededor de un tercio de la intención de voto. Del resto, apenas un candidato ronda el 9%; un par más se sitúa cerca del 5%; el resto, con costos, supera el margen de error de las encuestas. Aun así, casi 19 partidos se disputan, entre sí, la posibilidad de llegar a una segunda ronda que, en términos reales, podría no existir para ninguno de ellos.
Lo que Mancur Olson describió como la falla de la acción colectiva (La lógica de la acción colectiva, 1965), se manifiesta hoy en nuestra política como un individualismo del grupo: actores que, compartiendo un interés común, actúan como si no existiera. Los incentivos por el logro del trabajo conjunto no satisfacen sus ansias de una cuota de poder.
A este fenómeno podríamos llamarlo “el individualismo del grupo”. No se trata de la ausencia de ideales comunes, sino de la incapacidad para subordinar el interés propio al interés colectivo. Cada actor prioriza su supervivencia simbólica –su sigla, su liderazgo, su espacio mediático– aun cuando esa conducta reduzca las probabilidades de alcanzar el objetivo que dice defender.
El resultado es una competencia feroz entre minorías, una carrera por “pescar alguito”, que termina por debilitar cualquier posibilidad real de construir una alternativa frente a la oferta que adversan.
Todas las candidaturas advierten sobre los riesgos del continuismo. Pero, en la práctica, el enfrentamiento principal no es con esa candidatura dominante, sino entre quienes comparten, al menos en el discurso, el mismo propósito.
Todos declaran oponerse al continuismo del proyecto político de Rodrigo Chaves –chavismo a la tica–, heredado a dedo a Laura Fernández. Muy a pesar, dicho sea de paso, de que nunca le gustó a Pilar como candidata. Solo hay que ver las fotos de ellas juntas: es difícil imaginarse una sonrisa más fingida. A la hacedora de presidentes tampoco le gustaba el taxi; pero, si no hay rojo, por lo menos que haya pirata. De cualquier modo, hay que saber mentir cuando la circunstancia lo requiere: moral, ética y probidad son ostentosos adornos, no requisitos sine qua non de la política.
Este individualismo no surge en el vacío. Es hijo de una cultura política y económica moldeada por décadas de neoliberalismo, que nos ha enseñado a ver la competencia como virtud y la cooperación como sospecha, incluso allí donde el interés común debería ser evidente.
Por si fuera poco, también es fácil detectar cómo ese individualismo se reproduce, de forma aún más corrosiva, en los propios partidos. Grupos y personas que, en teoría, deberían actuar coordinadamente, se comportan como unidades aisladas, disputando protagonismo, bloqueando acuerdos o saboteando decisiones estratégicas. No como disidencia constructiva, sino como acción nociva. El partido, como colectivo, se fragmenta desde adentro.
Así, cada candidatura compite contra las demás, pero también contra sus propias fracturas internas. El resultado es una oposición dispersa no solo en el mapa electoral, sino también en su capacidad mínima de acción coordinada.
Desde la perspectiva ciudadana, el mensaje es claro y desalentador. No se percibe liderazgo ni claridad, sino desorden, disputas internas y una oposición más concentrada en sus conflictos que en ofrecer una ruta creíble.
Frente a ese escenario, muchos electores optan por la abstención, por el mal conocido o, simplemente, por el cansancio. La desmovilización no nace de la indiferencia, el hartazgo o el cabreo. Con la renuncia al ejercicio del sufragio se beneficia, de manera muy directa, al grupo mayoritario, aunque se adverse su propuesta.
Un efecto indeseable es la normalización del continuismo. Si la alternativa aparece dispersa e incapaz de articular siquiera mínimos comunes, el proyecto dominante deja de verse como una opción más y comienza a percibirse como inevitable: lo que se percibe como inevitable termina aceptándose, aunque no se comparta.
Luego vendrán los análisis retrospectivos, las culpas repartidas y las explicaciones técnicas. Pero el daño ya estará hecho. El individualismo del grupo tiene esa particularidad: diluye las responsabilidades. Nadie pierde solo; todos contribuyen a la derrota.
La política democrática no exige unanimidad ni la renuncia a las convicciones. Exige, al menos, jerarquizar. Entender cuándo la identidad debe ceder el paso a la eficacia. Reconocer que, en determinados momentos, defender el interés común implica incomodarse, negociar y aceptar que ningún proyecto individual, por coherente que sea, basta por sí solo.
Cuando quienes dicen oponerse a un proyecto hegemónico terminan fortaleciéndolo –no por convicción, sino por fragmentación–, el problema ya no es solo estratégico.
Esa posibilidad no se construye desde el individualismo, aunque este se disfrace de coherencia. Se construye cuando se acuerda que, a veces, el mayor obstáculo no está enfrente, sino en la incapacidad para actuar juntos.
juan.romero.zuniga@una.ac.cr
Juan José Romero Zúñiga es médico veterinario, epidemiólogo y académico investigador en la UNA y la UCR. Ha publicado múltiples artículos científicos en revistas internacionales.
