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El dolor de un padre

He citado en otras ocasiones el poema El dolor supremo, escrito por Rogelio Fernández Güell en 1902. Si bien el poeta comienza con la pregunta “qué dolor es del hombre el más profundo”, cuando se refiere a la muerte de los hijos, el sentimiento lo expresa sobre la madre: “Ver a un hijo luchando con la muerte / cual antorcha en la noche agonizando... / Es el golpe supremo de la muerte / una madre me dijo sollozando”.

El dolor de una madre es incomparable y se exacerba si la muerte del ser salido de su vientre sobreviene a manos de la delincuencia. Dos casos recentísimos despiertan, por tanto, nuestra capacidad de empatizar especialmente ahora con este sentimiento: el homicidio de Marco Calzada, de 19 años, y Manfred Barberena Novoa, de 23.

Se comprende al poeta de principios del siglo XX, pues las lágrimas y el llanto público eran una prerrogativa concedida a las mujeres. Recuerdo a mi mamá decir a mi hermano “los hombres no lloran aunque tengan las vísceras en la mano”.

Así fue hasta alcanzar cierta madurez social, un estadio donde es posible conmoverse al escuchar el discurso de un padre cuya pena no esconde, y, por el contrario, la expresa con elocuencia.

Los hombres y, en particular los padres, también lloran, y han llorado junto a las madres a lo largo de la historia, posiblemente en silencio, porque, conforme añade el poeta casi al final, “el dolor que no se cuenta / es quizás el mayor... el más ardiente”. El dolor es inherente a la condición humana.

El tiempo es propicio para resaltar, de las palabras de un hombre que entierra al hijo, el otorgamiento del perdón a quienes cometieron un acto vil e inhumano, en contraste con el discurso irreflexivo y superficial en las redes sociales.

Un exministro pidió “analizar si en Costa Rica debe existir la cadena perpetua para delitos aberrantes, perversos, crueles, inhumanos, brutales y salvajes” —según él— para sacar “de la calle a todos los criminales y asesinos que piensan que pueden hacer daño a seres humanos inocentes”.

Sus pseudoamigos en Facebook agregaron al inventario “la pena de muerte” o retroceder en el tiempo y enviarlos a una isla para que “descuenten muchos años de pena, sin privilegios”.

El mundo ya experimentó con ambas pócimas y la delincuencia sigue aumentando.

Las sociedades deben sacar de las calles a quienes llevan sobre sus espaldas “delitos aberrantes, perversos, crueles, inhumanos, brutales y salvajes”, descritos por el exministro y por quienes con rabia exigen mano dura como fórmula mágica contra todos los males sociales.

Para ello, sin embargo, es preciso dejar la simplicidad, cuyo propósito es el aplauso, los likes y los share por default.

No se llega a la delincuencia por casualidad. Para los expertos, un delito juvenil es una mala praxis social. El sociólogo mexicano René Alejandro Jiménez Ornelas dibuja el cuadro completo: “Víctimas de la discriminación social y excluidos de las decisiones importantes, muchos jóvenes carecen de planes o proyectos de vida, y son considerados incapaces de adaptarse al medio social, por lo cual toman la delincuencia como alternativa de sobrevivencia. El fácil acceso a las drogas, la falta de oportunidades de empleo, salud, educación y espacios para la cultura y el deporte, la desintegración familiar, la impunidad, entre otros factores, componen el contexto en el que nace y crece la juventud”.

En su caso, se refiere a México, mas la radiografía no es muy distinta de la realidad costarricense.

“Competimos con el narco para que no se lleve a los alumnos”, suena lejano cuando quien lo revela es un director regional del MEP en Limón, pero la Cali queda en San José. En el corazón del país.

El Dr. Carlos Tiffer, abogado que ha participado en redacciones de códigos sobre justicia penal juvenil en Latinoamérica, en sus artículos de opinión publicados en La Nación, aboga por métodos probados incluso en Costa Rica para hacer más que seguir llenando automáticamente las cárceles. Uno de estos es la justicia restaurativa.

Mediante la justicia restaurativa se pretende restablecer la paz por medio de acuerdos, conciliaciones y reparaciones entre el autor u ofensor con las víctimas u ofendidos, con la participación de las comunidades que han sido lesionadas con el delito, detalló el Dr. Tiffer (La Nación, 23/5/2016).

Subrayemos “la participación de las comunidades que han sido lesionadas con el delito”, la parte menos probable de involucramiento, por cuanto es mejor mirar hacia otro lado.

La justicia restaurativa tiene dos componentes esenciales: retribuir a la sociedad y educar a los jóvenes que cometen delitos, con vistas a ayudarles a entender la trascendencia de sus actos y prevenir hechos futuros tan dolorosos como el de Marco Calzada, Manfred Barberena Novoa y otros ocurridos en el pasado, o que se seguirán sumando si no se trabaja con vehemencia en la raíz del problema.

Existen, por consiguiente, dos caminos: seguir aplicando los mismos métodos sin éxito o prestar oídos a las enseñanzas de Marco Calzada, expresadas en la voz de su padre: “No cabe en nuestro corazón rencor ni odio”.

Corresponde a las autoridades determinar cuál será el castigo; sin embargo, parafraseando al papá de Marco Calzada, Costa Rica y el mundo necesitan menos criminales y más familias que se involucren con los jóvenes en problemas.

Esas familias no deberían ser las tradicionales solamente, sino también la colectividad, que es el summum de la solidaridad.

Y, a la tragedia nacional, integremos “al dolor supremo” a los padres que entregaron a sus hijos a las autoridades, pues no hay dolor, escribió Rogelio Fernández Güell, “como el dolor presente”.

Guiselly Mora

Guiselly Mora

Guiselly Mora, editora de Opinión de La Nación, es periodista, correctora de estilo, especializada en literatura latinoamericana, administradora familiar, escritora y experta en cocina internacional.

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