Votar es un derecho esencial y un pilar indispensable de la democracia; también, un deber ineludible. Todos los costarricenses –con excepciones, por supuesto– estamos convencidos de lo primero; sin embargo, un amplio porcentaje desdeña lo segundo.
El crecimiento del abstencionismo durante las dos últimas décadas ha sido notable. Su nivel también fue alto en las elecciones de 1953 y 1958: de 32,8% y 35,5%, respectivamente. Pero estas contiendas estaban aún marcadas por los traumas de la guerra civil de 1948. Bajó considerablemente en 1962 y se mantuvo en alrededor del 20% –porcentaje envidiable– hasta 1994. Cuatro años después subió al 30%. Desde entonces, no ha bajado; al contrario.
En las elecciones de 2022 alcanzó un preocupante 40% en la primera ronda y 43,24% en la segunda. Rodrigo Chaves se impuso sobre José María Figueres con el 52,9% de los votos; sin embargo, apenas representaron el 29,59% del padrón. Esto no le resta legitimidad, pero sí resalta el grave impacto de la baja participación. En las municipales, las cifras han sido peores: 63,8% en 2020 y 68% en 2024.
No podemos predecir el porcentaje de abstención este 1.° de febrero. Aunque entre 60% y 70% de la gente (según sea la encuesta) dice estar segura de votar, la indecisión sobre candidaturas anda alrededor del 45%. Un mal presagio.
La estabilidad del elevado abstencionismo desde 1998 sugiere causas estructurales. En general, la pobreza lo induce, lo mismo que la desigualdad territorial, el menor nivel educativo y la edad (los más jóvenes votan menos). Tales variables, sin embargo, siempre han estado presentes, y algunas en peor medida, en épocas cuando votábamos mucho más. Por esto, debemos acudir a otras explicaciones. La dispersión de oferta es una, ya también estructural, pero hay otras: desencanto político, confusión en medio de la desinformación, repliegue individualista, cinismo, moralismo arrogante o simple irresponsabilidad.
Mi esperanza es que, ante los múltiples riesgos que planean sobre nuestra democracia, la voluntad de muchos sentados en la barrera se imponga sobre su parálisis cívica y salgan a votar. No es tiempo para el “purismo” evasivo o la voluntad de castigo que paralizan, sino para cumplir, al menos, con la simple, pero crucial, responsabilidad de acudir a las urnas.
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Eduardo Ulibarri es periodista y analista.
