Fernando Zamora Castellanos. 21 enero, 2019

Los latinoamericanos debemos aceptar que la visión estadounidense acerca de su propio rol frente a sus aliados ha cambiado, lo cual trae implicaciones para las que debemos prepararnos. Resumo aquí en qué ha consistido el viraje.

El principio espiritual de la compensación afirma que lo que en la vida sembramos es lo que cosechamos. Eso fue lo que le sucedió a los Estados Unidos en la posguerra, cuando decidió implementar el plan de rescate económico, ideado por su secretario de Estado George Marshall, en ayuda de las naciones que habían participado en la guerra. Tan grande fue el espíritu de generosidad implícito en el proyecto, que incluso se contempló esa asistencia en beneficio de las potencias del eje –como Alemania o Japón–, que fueron feroces enemigas de la gran nación americana en aquel mismo conflicto.

Cuando los nuevos socios y amigos de los EE. UU. lograron despegar de su derrumbe económico, los americanos no solo recuperaron con creces el monto invertido, sino que además tuvieron potentes aliados

El bien como respuesta. Los Estados Unidos respondieron magnánimos devolviendo el bien como respuesta al mal. Cerca de 20 fueron los países europeos beneficiados con esa asistencia financiera. Conservo en mi biblioteca una obra del historiador económico J. Bradford DeLong, quien documenta que para 1951, –unos cuatro años después de su implementación–, la producción industrial de la Europa occidental superaba en más del 55 % a la que existía al momento en que se ejecutó el plan.

Cuando los nuevos socios y amigos de los EE. UU. lograron despegar de su derrumbe económico, los americanos no solo recuperaron con creces el monto invertido, sino que además tuvieron potentes aliados que le permitieron no solo enfrentar la amenaza soviética detrás de la Cortina de Hierro, sino acrecentar el propio poderío económico y político de todos los involucrados en el plan, tanto el de los receptores de la ayuda, como el de la potencia que los asistió.

Gracias al éxito de esta estrategia, Kennedy intentó después la iniciativa de cooperación a latinoamérica denominada Alianza para el Progreso, la cual, a raíz del asesinato del presidente, no se logró ejecutar de acuerdo a su objetivo original, degenerando en simples pactos bilaterales de asistencia militar o alimentaria.

Ruta china. Con esa misma intención y bajo el nombre Ruta de la seda para el siglo XXI, China ejecuta ya un intento similar de asistencia a sus vecinos y aliados menos desarrollados. Conocedores de los antecedentes del plan Marshall que aceleró el ascenso de los Estados Unidos a primera potencia mundial del Siglo XX, reconocen que si desean superar la hegemonía americana, deben potenciar el desarrollo de sus vecinos.

Es una durísima tarea si se toma en cuenta el atavismo en el que viven naciones como Afganistán, Pakistán, o Bangladés. Pese a ello lo están intentando, al extremo de incorporar, como parte de ese proyecto de asistencia, las inversiones de infraestructura que harán en Panamá, en el extremo opuesto de su propio hemisferio. Con gran sabiduría, cooperando con sus vecinos y aliados naturales, han determinado potenciar y enriquecer el área de influencia geoestratégica china.

Espiral egocéntrica. En lo personal, le tengo una especial admiración al pueblo estadounidense; su historia de lucha por la libertad del mundo libre, cuya culminación gloriosa fue su sacrificio contra el facismo europeo y el militarismo imperial japonés, es un testimonio de una generosidad sin límites. Sin embargo, contrario a lo que hasta hace poco fue su vocación magnánima, la administración del gobierno estadounidense parece abjurar de los ideales que le permitieron al secretario Marshall ganar el Premio Nobel de la Paz, y ha decidido retrotraer su propio potencial de influencia, aislándose en una suerte de espiral egocéntrica.

En sustento de esta afirmación, repasemos hechos. En primer término está la tendencia al aislamiento comercial en el que la administración estadounidense se está sumiendo, evidente a raíz de situaciones tan obvias como el tácito apoyo de Washington al brexit, la imposición de altos aranceles al acero y aluminio proveniente de Europa y de sus vecinos norteamericanos, la evidente sepultura de la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP, por sus siglas en inglés), el temido anuncio de imponer aranceles a la industria automotriz europea, o las amenazas de denunciar unilateralmente el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), entre otros ejemplos.

Un segundo aspecto es que la administración republicana ha dado evidencias contundentes del fastidio que le provocan las disposiciones del tratado de la OTAN que le obligan a defender a sus socios occidentales, al punto de que, con aspereza, se ha manifestado contra Montenegro y empezó a cobrar a todos los socios el porcentaje del PIB que les corresponde dar a la organización.

Esto ha provocado que los líderes de las potencias europeas estén valorando seriamente la posibilidad de sustituir a la OTAN por un ejército exclusivo para Europa, que cumpla la función que ejerce esa organización militar transatlántica de protegerlos de las eventuales acechanzas de las potencias orientales. Esto significaría un durísimo golpe para la hegemonía geoestratégica de los EE. UU., con implicaciones negativas para el dólar como poderosa divisa internacional, para la influencia comercial de los Estados Unidos, como también para su propia capacidad político-militar.

Poca empatía. El tercer elemento que refleja la renuncia estadounidense al ideal del nobel Marshall, lo es la aparente repugnancia que la pobreza latinoamericana le provoca a su gobierno. Esta carencia de empatía frente al drama social que sufre tanto la población del Triángulo Norte centroamericano, como también la del inmigrante mexicano, refleja el cambio en el principio que inspiró al plan Marshall: que ayudando y asistiendo con generosidad al amigo caído, la retribución será el mutuo beneficio.

Pero esa ya no es la visión que anima a las autoridades estadounidenses. Por el contrario, la nueva postura resulta evidente por tres recientes manifestaciones de esta administración republicana; la primera ilustración es la exigencia de que México pague por el muro antiinmigración en su propia frontera, lo que se suma a las declaraciones presidenciales en las que se amenazó a El Salvador y Honduras con detener la asistencia que Estados Unidos les ofrece si continúa el éxodo de los desclasados centroamericanos hacia el norte.

Otra mala señal, es la amenaza de incluir a México, –un país vecino aun intentando superar su débil desarrollo industrial–, dentro de los posibles perjudicados con la imposición de aranceles de un 25 % a la importación de partes automotrices. En fin, son muchos indicios claros.