Carlos Arguedas R.. 16 mayo

El adagio que dice «divide y vencerás» traduce la experiencia de que divididos, vencidos. Elemental. Pero los humanos, dice otro adagio, son los únicos animales capaces de tropezar dos veces con la misma piedra.

Para no ir muy largo, esta semana, mientras practicaba mi caminata habitual, me he dado de cabeza más de dos veces contra el mismo árbol. No me alivia lo que decía el ilustre José Alfredo Jiménez: «Nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores».

Entrados los años ochenta, acompañé a un amigo muy querido a visitar a Violeta Chamorro, más tarde presidenta de Nicaragua, en sus oficinas de La Prensa, en Managua.

Ella se hizo acompañar para la ocasión del poeta Pablo Antonio Cuadra, de modo que la conversación derivó hacia esa misteriosa vena poética que recorre el país vecino.

Conservo un recuerdo y un legado. Este último, los libros que reúnen la obra de Cuadra Cardenal, que el poeta me obsequió. Lo otro, las reflexiones de nuestros anfitriones acerca de la necesidad de unir la oposición que entonces confrontaba al régimen sandinista, en vista de las difíciles vicisitudes políticas de aquel momento.

Las cosas en ese país no han cambiado en lo fundamental, salvo porque la dictadura, arropada por una institucionalidad creada ad hoc, es descarnada y carece del encanto que tuvo la revolución sandinista.

A esta quizá podría aplicar aquello de que la mejor manera de destruir una utopía es instituirla. Pero ¿qué decir de la oposición? En el diario español El País se comentaba la semana pasada que la falta de acuerdo de la oposición nicaragüense allana el camino a la tercera reelección de Ortega. Divide y vencerás.

Claro está que el adagio aplica en muchos otros contextos políticos. Ahora mismo, la inocultable virulencia que aflora en nuestros partidos políticos, en unos más o de manera más visible que en otros, azuzada como es de rigor por los efectos políticos de la pandemia, enrumba a aquellos a los que más afecta la verdad del adagio a resultados electorales sombríos.

Lo peor, para ellos, no sería eso, porque unas elecciones las pierde cualquiera. Lo peor es que de estas ya no se levanten.

El autor es exmagistrado.