Juan Carlos Hidalgo. 3 mayo, 2020

En julio de 1850, el economista francés Frédéric Bastiat publicó su ensayo Lo que se ve y lo que no se ve, en el cual ilustra lo fundamental que es un enfoque holístico en la toma decisiones: “En el ámbito económico, un acto, un hábito, una institución, una ley, no producen solo un efecto, sino una serie de efectos. De estos, únicamente el primero es inmediato, y dado que se manifiesta a la vez que su causa, lo vemos. Los demás, como se desencadenan sucesivamente, no los vemos; bastante habrá con preverlos”.

Las restricciones detrás del éxito en la lucha contra el coronavirus deben sopesarse no solo contra los crecientes costos económicos, sino también contra los costos sanitarios que no se ven aún.

Propios y extraños reconocemos el magnífico trabajo que ha hecho el gobierno en la contención de la covid-19. No es poca cosa que seamos el país en las Américas con la menor tasa de mortalidad y que, a estas alturas de la pandemia, sigamos sin transmisión comunitaria. Es más, ya no resulta descabellado pensar, dados los pocos casos diarios que se han venido confirmando en las últimas dos semanas, que podamos aspirar a suprimir el virus. Eso es lo que vemos. El confinamiento, asimismo, tiene un costo económico que va creciendo día tras día. El Instituto de Investigaciones en Ciencias Económicas de la UCR proyecta que durante la pandemia se perderán 400.000 empleos formales y la pobreza podría subir a un 29 % de las familias. Eso, igualmente, lo estamos viendo. Sin embargo, también tenemos lo que el Financial Times describe como “los costos sanitarios ocultos del confinamiento”, que no vemos de manera inmediata.

Por ejemplo, es bien sabido que la pobreza engendra serios problemas de salud. Algunos, como la malnutrición infantil, dejan secuelas para toda la vida. Varios países están reportando una caída significativa en los diagnósticos de cáncer debido a que la gente teme ir a los hospitales. Eso se traducirá en una mayor mortalidad a mediano plazo. También, está ampliamente documentado cómo el aislamiento impacta la salud mental de muchas personas, llevándolas a la depresión y al suicidio. Son efectos que cuesta verlos.

Las restricciones detrás del éxito innegable que está teniendo el país en la lucha contra el coronavirus deben sopesarse no solo contra los crecientes costos económicos que estamos enfrentando —que se ven—, sino también contra los costos sanitarios que no se ven aún. Bastante habrá con preverlos, advirtió Bastiat.

El autor es analista de políticas públicas.