La dramática historia de doña Ana, de San Isidro de Heredia, es muy similar a lo que viven muchos otros costarricenses.
Ella tiene 43 años, sufre frecuentes ataques de ansiedad y llanto, pues ya no sabe cómo estirar los ¢50.000 semanales que gana su esposo en un taller mecánico.
Asfixiada por el creciente costo de vida, esta familia solo puede hacer un tiempo de comida. “El hambre se controla mejor de día. De noche, es más difícil”, asegura ella.
Por ello, su hijo va al colegio sin desayunar. Doña Ana no quiere que él deje las clases, pues ella, que solo llegó a cuarto grado de escuela, comprende la importancia del estudio.
Sin embargo, los escasos ingresos de su marido y las dificultades para conseguir trabajo como empleada doméstica o en algún comercio le impiden ver con esperanza el futuro.
Una angustia similar estremece a muchos otros. De hecho, la encuesta Retailers Golden Trends reveló que el 54% de las familias del país llegan con sus finanzas en rojo a fin de mes.
El estudio señala que los hogares han optado por reducir gastos, comprar marcas más baratas y buscar ofertas para afrontar la pérdida de poder adquisitivo de sus ingresos.
Es así como socarse la faja se ha convertido en una regla forzosa para muchos costarricenses en un año en que la inflación alcanzó, en agosto pasado, un pico histórico del 12,13%.
Aunque todo apunta a que este indicador cerrará en menos de un dígito a finales del 2022, el dato sirve de poco consuelo cuando el dinero no alcanza para comer ni pagar cuentas.
El gobierno lanzó un plan para ayudar a los sectores más golpeados por la inflación. Se trata de un subsidio por ¢60.000 que recibirán 111.000 hogares pobres durante tres meses.
Medidas de este tipo son un alivio temporal para los beneficiarios y dejan la interrogante acerca de qué pasará con estas personas cuando se acabe la asistencia económica.
Además, tales iniciativas no atienden los apuros de otros sectores, como la clase media, que también suele resultar muy afectada cuando se disparan los precios de los bienes y servicios.
En tiempos de congojas económicas y hambre, valdría la pena preguntar qué pasó con las promesas de campaña de bajar la canasta básica. La retórica populista no llena el estómago.

