
Durante las últimas cuatro décadas, Costa Rica ha construido uno de los ecosistemas empresariales más sofisticados de América Latina.
La estabilidad democrática, la apertura comercial, la inversión sostenida en educación y la creación de instituciones como Cinde, Procomer y Comex permitieron atraer empresas multinacionales, desarrollar sectores altamente competitivos y posicionar al país en industrias intensivas en conocimiento, como dispositivos médicos, servicios empresariales, tecnologías digitales y manufactura avanzada.
Los resultados son evidentes: hoy Costa Rica exporta bienes y servicios con un grado de sofisticación impensable hace tres décadas y miles de profesionales participan en cadenas globales de valor.
Desde 2023, el Banco Mundial clasifica a Costa Rica como una economía de ingreso alto. Por ello, nuestro referente ya no debería ser América Latina, sino las economías de ingreso alto que han convertido sus ecosistemas empresariales en motores permanentes de innovación, productividad y prosperidad.
El reto es aún mayor porque, mientras un segmento de empresas opera con estándares tecnológicos de clase mundial, miles de micro, pequeñas y medianas empresas continúan enfrentando baja productividad, escasa digitalización, dificultades para innovar y una limitada integración con los sectores más dinámicos de la economía.
El desafío ya no consiste únicamente en atraer inversión o crear más empresas, sino en construir los puentes que permitan que muchas más empresas nacionales evolucionen hacia actividades de mayor valor agregado.
Toda estrategia de desarrollo requiere una teoría del cambio: una explicación de cómo las intervenciones públicas y privadas generan transformaciones económicas.
La teoría de la complejidad económica, desarrollada por Ricardo Hausmann, César Hidalgo, Bailey Klinger y otros investigadores del Growth Lab de la Universidad de Harvard, ofrece precisamente ese marco conceptual al mostrar que el progreso depende de la acumulación y articulación de capacidades productivas complementarias.
Su principal aporte consiste en demostrar que el desarrollo no depende únicamente del esfuerzo individual de los empresarios ni del acceso al capital, sino de la capacidad de una economía para combinar conocimientos, instituciones, tecnologías y capacidades productivas complementarias que permiten a las empresas innovar, diversificarse y ascender hacia actividades de mayor valor agregado.
Las empresas no prosperan de forma aislada; crecen cuando forman parte de un ecosistema que facilita nuevas combinaciones de capacidades, promueve el aprendizaje colectivo y reduce los costos de innovar.
Vista desde esta perspectiva, la pregunta relevante deja de ser cuántas mipymes existen.
La pregunta relevante pasa a ser otra mucho más estratégica: ¿cuán capaz es nuestro ecosistema para transformar pequeños emprendimientos en empresas dinámicas, innovadoras e internacionalizadas?
Costa Rica ya posee muchos de los ingredientes necesarios; el reto consiste en conectarlos de mejor manera.
Los verdaderos “caldos de cultivo” para una nueva generación de empresas ya existen. Las incubadoras y aceleradoras universitarias forman emprendedores; las universidades generan talento altamente calificado; los parques industriales y las zonas francas concentran empresas de clase mundial, y el país cuenta con clústeres en desarrollo en dispositivos médicos, electrónica avanzada, tecnologías digitales, servicios corporativos, ciberseguridad y manufactura inteligente.
Estos conglomerados reúnen conocimiento, proveedores especializados, estándares internacionales y talento humano. Desde ellos, pueden surgir nuevos proveedores nacionales, spin-offs (empresas creadas a partir del conocimiento desarrollado en universidades, centros de investigación o grandes compañías) y startups, es decir, empresas jóvenes con modelos de negocio innovadores y alto potencial de crecimiento.
Aprovechar plenamente estos activos exige un cambio importante en la forma de diseñar la política pública. Durante años, las instituciones han trabajado mediante programas relativamente independientes: financiamiento, por un lado; capacitación, por otro; innovación en otra institución y promoción de exportaciones, en una cuarta.
Aunque cada programa pueda ser técnicamente sólido, el resultado agregado ha sido un ecosistema fragmentado, donde muchas complementariedades se desaprovechan.
La siguiente etapa del desarrollo costarricense requiere una gobernanza diferente.
La experiencia de Irlanda, Finlandia, Malasia y Singapur demuestra que las políticas de emprendimiento producen mejores resultados cuando existe un Centro de Gobierno –concepto desarrollado por la OCDE para fortalecer la coordinación estratégica desde el más alto nivel del Poder Ejecutivo– y una o varias agencias líderes –concepto promovido por el Fondo Monetario Internacional para las instituciones encargadas de coordinar transformaciones estructurales complejas–. Su tarea consiste en articular ministerios, universidades, banca de desarrollo, agencias de innovación, organismos de promoción de inversiones y sector privado en torno a objetivos comunes. No se trata de crear nuevas instituciones, sino de lograr que las existentes funcionen como un verdadero sistema.
Costa Rica ya demostró que puede atraer empresas de clase mundial. El siguiente paso es lograr que de ese ecosistema emerja una nueva generación de empresas costarricenses capaces de innovar, crecer y competir globalmente. Ese será el mejor indicador de que el país dejó de administrar programas aislados para empezar a construir deliberadamente un ecosistema empresarial más complejo, articulado e inclusivo.
En el fondo, el debate sobre el desarrollo empresarial es también un debate sobre nuestra teoría del cambio como país.
Si creemos que basta con multiplicar programas aislados, seguiremos obteniendo resultados fragmentados.
Si comprendemos que el verdadero cambio surge de articular capacidades, instituciones y actores en torno a una visión compartida, podremos construir un ecosistema propicio para que surja una nueva generación de empresas costarricenses más innovadoras, productivas e internacionalizadas.
Esa debería ser la verdadera hoja de ruta del desarrollo económico para las próximas décadas.
rmonge@academiaca.or.cr
Ricardo Monge González es el presidente de la Academia de Centroamérica.
