Ronald Matute. 6 mayo

En días recientes, circuló en las redes sociales un video que muestra a un numeroso grupo de personas siendo desalojadas de una fiesta clandestina en un barrio de León XIII.

En las tomas se ven decenas de parranderos saliendo, unos detrás de otros, de una casa cuya fachada había sido cubierta con plásticos para impedir saber qué ocurría en el interior.

Fiesta en una casa en León XIII.

Durante el interminable desfile, hombres y mujeres vestidos con atuendos propios de una noche de juerga parecían molestos por tener que abandonar el antro tan tempranamente.

Muchos ni siquiera tenían mascarilla, otros la llevaban colgando del cuello y ninguno mostraba la menor preocupación por tener que caminar apretujados por la angosta calle.

A pesar de la intervención de las autoridades, queda la duda si el rato que estos juerguistas estuvieron hacinados en ese sitio fue suficiente para detonar una bomba de covid-19.

Pronto lo sabremos, al igual que ya estamos viendo los resultados del evidente relajamiento en que cayeron no pocos en los meses previos a la nueva ola pandémica.

Las megafiestas son un signo visible de la indiferencia, la laxitud y la despreocupación con que una parte de la población mira la tragedia que nos golpea en este momento.

El miércoles había 1.123 personas hospitalizadas por haber contraído el nuevo coronavirus y se contabilizaban 16 muertes en un solo día.

Lo paradójico es que gran parte de los contagiados gravemente enfermos sean adultos jóvenes, población más proclive a participar en bailes, peleas de gallos y corridas de toros por creerse inmune a los efectos más peligrosos de la covid-19.

Además, los organizadores de tales actividades aprovechan la falta de recursos de las autoridades y los portillos legales para ir de un lado a otro haciendo de las suyas.

Frente a este incontrolable fenómeno, la Asamblea Legislativa debe dotar a la policía de nuevas armas legales, que le faciliten el ingreso con mayor celeridad a fincas, viviendas y locales privados.

También, cabe fijar multas para promotores, anfitriones y participantes en esas actividades. Si el dolor causado por la pandemia no los desanima, tal vez una cuantiosa sanción disuada a los megairresponsables.

rmatute@nacion.com