Según el diccionario, canalla proviene del italiano canaglia y este, a su vez, de cane, que quiere decir perro.
La palabra tiene tres acepciones o significados: “gente baja, ruin”; “persona despreciable y de malos procederes”; y “perrería o muchedumbre de perros”, los animalitos han de reclamar por esto a la Real Academia Española (RAE) y a quienes adoran mal “encanallar” a todo el mundo.
En términos civilizados y democráticos, sin embargo, solemos dejar en manos del Poder Judicial determinar quién califica, de acuerdo con la ley, como “persona despreciable y de malos procederes”, pues, de no hacerlo así, es decir, si cada quien subjetivamente estableciera quién califica de canalla y quién no, con toda seguridad viviríamos en un perpetuo pleito de arbitrariedades, es decir, en una “canalla” extensa.
Dicho de otro modo, de no haber escogido vivir en una sociedad democrática, con separación e independencia de poderes, seríamos “una muchedumbre de perros o una perrería”, para seguir con la desafortunada cadena de significantes.
Poca originalidad bautismal
Ilustraré mi punto con un par de ejemplos. Cuando la prensa dio a conocer los papeles de Panamá y en ellos apareció mencionado un abogado que, aparentemente, hasta entonces recibía el mejor reflejo de sí mismo cuando se miraba al espejo, aquel decidió llamar “canalla” a la prensa, solo por hacer su trabajo.
El mote de “prensa canalla” comenzó a circular entre alguna gente de la ciudad, pues había descubierto que satanizar a la prensa, sembrar dudas sobre su función y sobre su independencia podía desviar la atención de lo verdaderamente importante, que era “lo otro”.
Así, el funcional mote fue utilizado también en la pasada campaña electoral por un candidato, en particular, quien recurrió a él como escudo cada vez que la prensa lo incomodaba con sus indagaciones —con sus “ladridos”, habría sugerido decir quien lo espetaba, aunque no fueran, para nada, señal de cabalgadura, como se le atribuye a Cervantes, sino todo lo contrario—.
Más recientemente todavía, la “canallada” —es decir, la estrategia de satanización social mediante el uso del mote—, fue extendida a quienes recurrieron, como debe ser en una civilización democrática, al Poder Judicial para que sea este el que dirima si el presidente, un par de diputadas y algunos altos funcionarios actuaron ilegalmente durante la pasada campaña electoral.
Muchos en el mismo saco
Peor aún, uno de los acusados de ser “gente baja y ruin” por acudir al Poder Judicial, es decir, de ser “canalla”, sería nada menos que el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), pues el hecho de que remitiera al Ministerio Público un informe preliminar sobre el financiamiento de la campaña electoral de los hoy vencedores fue el nuevo disparador de la ira presidencial.
Este informe preliminar se sumó, por cierto, a cuatro expedientes que se encontraban en investigación: dos por los supuestos delitos de incumplimiento de deberes; uno por aportación, utilización o recibimiento de dinero o recursos financieros para actividades políticas electorales; y otro por tráfico de influencias.
Lo anterior ya lo sabía la prensa, pues hizo el papel que le correspondía durante la campaña electoral, pero en realidad lo podía saber cualquiera que le preguntara a la Fiscalía, porque esos escuetos datos son información pública, no así los expedientes como tales, hasta que el Poder Judicial no dirima.
Al parecer, sin embargo, la existencia de tales expedientes fue una sorpresa para el mandatario, quien, probablemente por haber andado extendiendo la “canalla” durante la campaña, no tuvo tiempo de enterarse.
La mirada de Yves Coppens
“Los ciudadanos estamos inquietos y preocupados por el uso de la judicialización como herramienta de la politiquería burda y barata. Esta insigne institución que ustedes representan no debe permitir que individuos y grupos malintencionados continúen utilizando la Fiscalía General o el sistema judicial como obsceno cañón para lanzar sus balas de odio y sus intereses canallas”, les manifestó a la Fiscalía y al Poder Judicial, no se sabe si a modo de advertencia o de reprimenda adelantada, luego de dos insólitas visitas.
No se sabe, porque, si el Poder Judicial encontrara legítima alguna de las denuncias planteadas, según el pronóstico presidencial se convertiría a su vez en parte de la canalla cada vez más extensa.
El presidente del Poder Judicial, por su parte, observó al mandatario con una mirada tan asombrada como la que ha de haber tenido el paleontólogo Yves Coppens —recientemente fallecido—, cuando, junto con su expedición, encontró los restos de Lucy, la primera homínida que caminó erecta.
“Interesante” —dijo—. “Espero que Montesquieu siga siendo vigente, pero a veces no se le hace mucho caso”.
Un poco más de Montesquieu
Entre las varias cosas —algunas muy folclóricas— que Montesquieu dice en su Espíritu de las leyes, afirma que “todo hombre que tiene poder siente la inclinación de abusar de él, yendo hasta donde encuentra límites. Para que no se pueda abusar del poder es preciso que, por la disposición de las cosas, el poder frene al poder”, en alusión a la necesidad de mantener pesos y contrapesos independientes en la organización política.
Porque muchas veces no se trata simplemente de “comerse una bronca”, en el sentido de Luisito Rey, es decir, de presuntamente ser más valiente que el resto, sino del hecho de que, antes de juzgar y sentenciar, antes de ejecutar, hay que seguir el debido proceso. A menos que hayamos confundido la democracia con la autocracia.
Por último, en reivindicación de los canes, diré que Montesquieu también anotó: “Los animales no poseen las ventajas supremas que poseemos nosotros, pero poseen algunas que nosotros no poseemos; no tienen nuestras esperanzas, pero tampoco nuestros temores; como nosotros, están sujetos a la muerte, pero sin conocerla; la mayor parte de ellos se conservan incluso mejor que nosotros y no hacen tan mal uso de sus pasiones”.
La autor es doctora en Estudios Sociales y Culturales y profesora e investigadora de la UCR. Twitter @MafloEs
