Desde muy joven comprendí que si iba a tener un modelo intelectual ese sería el maestro Fernando Savater: jovial, humilde, con un humor infinito, nunca tomándose en serio. Parecía más bien una estrella pop en las instalaciones de la Universidad Complutense de Madrid.
Los dos policías encubiertos que lo resguardaban de las amenazas de ETA se habían dado por vencidos: era un blanco fácil, accesible y para nada bombeta, lo opuesto de lo que he visto con pesar en algunos casos en Costa Rica en diferentes esferas del quehacer académico y laboral.
Savater fue amigo personal de Emile Cioran y su traductor. Eso explica muchas cosas. Recientemente, Savater confesó que fingía un pesimismo exagerado frente al gran Cioran para tratar de impresionarlo, sin conseguirlo.
El maestro rumano-francés le aconsejó algo que también me ha servido a mí, y quizá le sea útil a usted también: visite cualquier cementerio por veinte minutos, puede arreglar casi cualquier problema, y añado, además, darnos una viva perspectiva de las cosas.
Bajo la máscara. El eficientísimo se erige como un falso dios que amenaza ser el nuevo paradigma de la verdad. Si funciona, entonces es bueno. De tal manera que lo que prueba su eficacia se va quedando sin detractores. Para eso sirven los indicadores, estadísticas y otros instrumentos. Los recursos de las empresas, las universidades, los poderes del Estado y los emprendimientos van orientados a la retribución cuantitativa de la inversión, olvidando el fin del placer intelectual, el estímulo del conocimiento en sí mismo, e incluso la razón de ser de las entidades, en aras de la colocación de los futuros graduandos, el ahorro institucional de gastos y los resultados contables.
Ambas posturas son conciliables en un justo equilibrio aristotélico. ¡Podemos tenerlo todo! Sabiduría y producción. Pero puestos a escoger, siempre voy a elegir calidad por encima de la cantidad. Eso me lo enseñó alguien de elevada estatura moral e intelectual.
Como la frugalidad es un valor, lo enseñó Odo Marquard, y el artículo debe hacer penitencia por su propia existencia, en constatación de la brevedad de la existencia, no voy a fingir el sincero escepticismo de Marquard, soy tan solo un iluso optimista.
Maravillado. Aunque no creo demasiado en la especie humana, como Baudelaire, me maravillo de las individualidades encontradas a mi paso. Me declaro (de momento) seguidor de la teoría de la compensación del gran alemán (pomerano) Marquard: es necesario hacer algo en “lugar de”, simplemente admitir que no podemos comprender el fenómeno del mal como teodicea.
La experiencia sin filosofía es ciega, la filosofía sin experiencia es vacía.
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Desde el inicio advertí que esto es un botiquín, no una farmacia. ¿Cuál es el mecanismo de la estupidez que aferra a un dictador que derrocó a otro dictador para seguir siendo un dictador en detrimento de todos los argumentos que sostuvieron la revuelta original? ¿Alguien cree que el miedo puede realmente sostener el poder de la evolución del pensamiento y las sociedades?
Lo anterior, si bien pueden parecer ideas sueltas, no son inconexos, ocupan mis angustias actuales. Finalmente, menciono: ¿Han notado que las máscaras se caen más rápido que antes en el carnaval de las vanidades? Bitácora del siglo XXI, lo dijo Heidegger (era sabio, no perfecto): una vida auténtica es quizá la que vale la pena ser vivida.
El autor es abogado.