Yo pensaba que era un chofer muy arrecho, un gran conocedor de la carretera, un as de los atajos. Pero en cuanto viré para ingresar a la carretera de Circunvalación, caí en cuenta de que solo era uno de tantos y tantos conductores atrapados en una presa imposible.
Viernes al mediodía. Una hilera multicolor de vehículos formaba una mancha metálica que se perdía en el horizonte. La fila avanzaba a 10 km/h. De nada valía pitar; para qué pedir campo y, mucho menos, maldecir. Yo era una sardina enlatada.
En medio del sofocante calor, comprendí que cualquier esperanza de llegar a tiempo a mi destino se había esfumado. Ni san Waze, ni san Google Maps, ni mi fallido instinto me podrían librar del enorme atascadero en que me había metido.
Me dirigía al sector de La Sabana. Y en Tibás, tuve la genial idea de meterme a Circunvalación. ¡Terrible error! Había caído en la cueva del León. Para peores, me tocó esperar detrás de un carro que ese día tenía restricción vehicular. ¿Y la Policía de Tránsito?
Empecé a evaluar mis posibilidades. No podía virar en U, no podía echar para atrás, no podía brincarme la barrera divisora... Fue entonces cuando, a la distancia, observé una oportunidad de escape: la salida hacia la rotonda de la Uruca.
“¡Soy un genio!”, me dije cuando finalmente pude ingresar por la rampa. Pero fue un alegrón de burro. Luego de transitar algunos metros a velocidad ”normal", tuve que volver al modo paso de tortuga debido a que la rotonda estaba colapsada.
Acelerador, clutch y freno... Acelerador, clutch y freno... Me vi envuelto en una secuencia interminable para avanzar milímetros y no golpear a los otros carros. Mientras aguzaba la vista, sentía que la tensión bajaba de mis piernas a los pies.
Finalmente, tomé la calle principal con rumbo a la fábrica Pozuelo. El tránsito era menos tortuoso, pero tardé un buen rato en pasar los semáforos y virar en el cruce a la izquierda con rumbo a la rotonda del puente Juan Pablo II.
Al llegar a la rotonda, la providencia se apiadó de mí. Pude aprovechar el avance lento de un camión para sortear ese punto y dirigirme raudo y veloz hacia la entrada a la General Cañas. Pero justo allí, ¡Dios santísimo!, había otro enorme congestionamiento.
A punta de direccional y gestos para solicitar campo, logré colocarme en el carril externo. Mientras avanzaba, contemplaba la tremenda fila que había en el carril de los vehículos que pretendían entrar, a alguna hora, a Circunvalación.
Finalmente, pude tomar la rampa que conduce a Sabana Norte y llegar a mi destino. ¡Qué gran alivio! Pero la felicidad se apagó justo cuando pensé, resignado, en lo que me esperaba de regreso a mi casa, porque en San José nadie se escapa de la presa.
