
Cuando se es un niño pequeño, el costo de aprender es casi cero: solo hay que estar despierto. Luego, cuando se va a la escuela y colegio, el costo sigue siendo bajo; a eso se dedica uno. En la educación superior, el costo aumenta; por primera vez hay un costo de oportunidad real, además de mil y una cosas causando distracción.
Al salir de la universidad, graduado o no, el costo aumenta otra vez. La cantidad de cosas disponibles para hacer en vez de aprender aumenta exponencialmente; sospecho que la gran mayoría deja de aprender por un tiempo mientras disfruta o, bueno, disfrutábamos, del trabajo y demás actividades de la vida adulta.
Pero dejar de aprender es un gran error. Hoy, tenemos amplia evidencia de que el mundo sigue cambiando cada vez más rápido y de que esa velocidad de cambio nunca se va a reducir. La cantidad de cambio por unidad de tiempo implica que muchos (casi todos) deberán cambiar de trabajo varias veces durante su vida laboral. Aprender siempre se torna imperativo, y el costo muchos lo empiezan a percibir como prohibitivo. Pero es un costo que hay que pagar si queremos sobrevivir.
Durante las últimas cuatro o cinco décadas, todos hemos seguido aprendiendo, pero a un ritmo mucho menor que cuando nos dedicábamos a eso en centros educativos. Al concluir el periodo de educación formal, el aprendizaje se limita a aprender haciendo, a asistir a seminarios o congresos, o –como lo hacen los más osados– a leer incesantemente. Pero la cantidad de aprendizaje logrado por unidad de tiempo, sin duda, es más reducida.
Ahora que el cambio ha alcanzado nuevas velocidades (en realidad, eso siempre ha sido cierto; ahora es más obvio), debemos invertir tiempo y esfuerzo para aprender más y mejor, so pena de ser irrelevantes.
Muchos de mi generación (salí del colegio hace 55 años) creíamos que nos habíamos salvado de la locura: ya pensionados, la mayoría, no necesitamos aprender mucho; podemos seguir haciendo las cosas como las hemos hecho siempre. No necesitamos utilizar, y menos entender, las nuevas tecnologías.
Pero no hay tal. Los que pensaron que no íbamos a conocer el nuevo mundo, con robots por todas partes e inteligencia artificial controlándolo todo, es probable que hayan estado durmiendo del lado equivocado.
Si al aumento en la esperanza de vida le sumamos el aumento en velocidad de desarrollo, resulta que sí vamos a ver muchas cosas y sí nos va a afectar la vida. Si nos afecta positiva o negativamente, depende casi exclusivamente de nuestra disponibilidad de aprender.
No sé si vamos a ver centros de datos en el espacio funcionando 24/7 con energía solar, pero sí creo que vamos a ver lugares donde se prohíba a los seres humanos conducir vehículos capaces de matar gente. Los beneficios en generación de medicinas y tratamientos sanitarios ya los estamos viendo y solo se van a acelerar, lo cual, a su vez, nos hará ver más cosas asombrosas y/o desastrosas.
No sé si el futuro será de energía solar y eólica, o si será nuclear, pero sí sé que no será de combustibles fósiles ni de hidroeléctricas; lo que funcionó antes ya no va a funcionar, y el cambio será muy rápido. Casi todos los países en Europa ya han establecido fechas después de las cuales no se pueden vender vehículos de combustión interna, y eso no es nuevo. Todo el planeta está aprendiendo a moverse a otra velocidad, excepto los grandes perdedores de la historia.
Yo estoy –y siempre he estado– convencido de que la tecnología no será la que resuelva los grandes problemas de la humanidad. La tecnología no es suficiente, pero sí es necesaria.
Hace unos días, leí en el periódico que es posible que, a finales de este año, tengamos en Costa Rica sistemas de cámaras viales como las que tienen muchos países desde hace más de 20 años.
El sistema vial es un excelente ejemplo de cómo se pierde competitividad al negarse a aprender y adoptar nuevas tecnologías. La inseguridad ciudadana es otro ejemplo: resulta que en Costa Rica tenemos más policías per cápita que en muchos países, pero, obviamente, menos drones, cámaras con reconocimiento facial y otras tecnologías que apoyan la reducción de la inseguridad.
La buena y mala noticia es que cada vez hay más tecnologías que nos ayudan a aprender, que reducen el costo de aprender, pero hay que usarlas con cautela. En la universidad, se bromeaba con un chiste que decía: “El que sabe, sabe, y el que no sabe, enseña”. Hay que estar claros en que la inteligencia artificial (IA) no “sabe”. Nunca responde con “no sé” y, si parece que está “bateando”, es porque eso es todo lo que hace. Lo hace con un porcentaje de acierto muy elevado: las IA son bateadoras profesionales.
Cada vez que una IA escoge una palabra para el texto que está generando, calcula las probabilidades de que sea la mejor. Por eso, cuando uno le indica que está equivocada, nunca discute: siempre acepta, agradece y va de nuevo. Ahora bien, una IA entrenada con buen material en un área de conocimiento muy estrecha va a tener un porcentaje de acierto muy cercano al 100%.
Pero hay algunas IA que no son generativas y resultan mucho más determinísticas: siempre dan el mismo resultado a una pregunta. A las IA generativas es bueno siempre preguntarles de dónde salió la respuesta; por lo general, siguen un buen camino, pero, entre tantos batazos, es fácil equivocarse. Se recomienda hacer preguntas (prompts) cortas y concisas. En ocasiones, hay que invertir tanto tiempo en verificación de resultados que resulta más eficiente aprender con tecnologías tradicionales, como cursos en línea dictados por personas educadoras con décadas de experiencia.
Creo que la cantidad de aprendizaje por unidad de tiempo debe aumentar, tanto para los jóvenes como para los adultos y los viejos. La brecha en cantidad de aprendizaje entre viejos y jóvenes se debe reducir, porque los viejos debemos seguir aprendiendo a ritmo acelerado. Por suerte, no solo es beneficioso, también es entretenido.
Roberto Sasso es ingeniero, presidente del Club de Investigación Tecnológica y organizador del TEDxPuraVida.