Se definía el apartheid como un sistema de segregación, específicamente sudafricano, que mostró su máxima brutalidad a partir de 1948 y, gracias a la repulsa internacional, colapsó en 1990. Visto así, habría sido apenas una mancha transitoria en la faz de la civilización y, a diferencia del nazismo, su retorno se consideraba imposible. Sin embargo, no hay que hablar neerlandés ni afrikáans para descubrir que hubo una trampa, quizás involuntaria, en el nombre que la minoría blanca de Sudáfrica le dio a aquel intento de institucionalizar un abyecto esquema de opresión: apartheid significa, en ambos idiomas, lo que en español podría llamarse apartanza (nada de caras: los científicos sociales hispanohablantes utilizan la palabra gobernanza y, hasta donde sabemos, nadie ha protestado).
Por otra parte, algunos tratadistas sugieren que, por ser excluyente de las mayorías, el actual sistema económico global es la resurrección del apartheid en escala planetaria, sin que esta vez una repulsa internacional venga a ponerle fin. La trampa semántica está en que, si la prensa extranjera hubiera traducido la palabra apartheid a las demás lenguas, no habría existido la supuesta especificidad sudafricana del sistema y hoy sería innecesario señalar que los supremacistas blancos de Sudáfrica no inventaron o descubrieron nada, ni que los elementos ideológicos y psicológicos en los que basaron su atrocidad eran parte de un inmemorial arsenal (a)moral de la civilizada Europa.
Examinemos tan solo uno de los rasgos del apartheid: de un día para otro privó de la nacionalidad sudafricana a quienes no eran blancos, consignándolos a unos territorios arbitrariamente delimitados y supuestamente autónomos en los que nunca llegarían a habitar, de modo que la mayoría de los sudafricanos dejaron de serlo y pasaron a ser ciudadanos de Estados ficticios.
Dicho en tico, los negros y los mestizos de Sudáfrica pasaron a ser refugiados en la tierra que había sido suya durante siglos y, para permanecer en ella, tenían que llevar pasaporte, no cédula de identidad. Además, por su condición de “extranjeros” no tenían derecho a recibir del Estado sudafricano servicios básicos como los de salud y educación. Tal sistema en nada difería de aquel al que los europeos habían sometido antes a los aborígenes de Norteamérica y Australia, ni del que los turcos ensayaron con los armenios al deportarlos rumbo a la desértica Siria. Estas tempranas formas de apartanza niegan la originalidad del apartheid sudafricano.