Desde entonces, no ha pasado un día en que en Israel no suenen las sirenas ni caigan misiles, que la población no tenga que correr a resguardarse de la amenaza que se cierne sobre ellos a toda hora.
Al ataque de Hamás del 7 de octubre, inmediatamente se unieron Hizbulá desde el Líbano, en el norte, los hutíes de Yemen y su patrocinador, Irán.
Esta no es una lucha convencional; es una estrategia con el único propósito de destruir a Israel, y ha quedado claro en este año de violencia que a Israel se le exige un estándar más alto que a cualquier otra nación.
Hamás encendió la mecha, pero buena parte del mundo apoya el terrorismo cuando evalúa a Israel con parámetros ni siquiera impuestos a Vladímir Putin en su guerra contra Ucrania. El rasero aplicado a Israel, por ende, tiene raíces antisemitas con tintes políticos.
Tanto israelíes como gazatíes son víctimas del odio y de la violencia, de la maldita violencia: los israelíes, por el antisemitismo ancestral; los gazatíes, porque en Israel el primer ministro, Benjamin Netanyahu, ignora las voces a favor de la fundación de un Estado palestino, una solución cada vez más lejana, pero a la cual nunca se debería renunciar, aunque en el pasado hayan sido los propios líderes palestinos quienes se opusieron a esa posibilidad en repetidas ocasiones.
Los gazatíes necesitan liberarse del yugo de Hamás, de los ayatolás de Irán y de cualquier otro que los use como instrumentos para justificar su objetivo de exterminar a Israel y al pueblo judío.
Al Estado de Israel y a las personas de fe judía el mundo les cobra un precio por existir. Es hora de reconocerlo.
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La autora es editora de Opinión de La Nación.