Juan Carlos Hidalgo. 29 octubre, 2017

Proponer el cierre del INA no es una idea popular, a juzgar por algunos comentarios que provocó mi columna anterior. No me sorprende: el costarricense tiene un extraño enamoramiento con las instituciones estatales, no importa qué tan ineficientes y onerosas sean. A los entes públicos no se les juzga por sus resultados, sino por sus intenciones. Imaginemos cómo sería el mundo si a todos se nos midiera con la misma vara. Aun así, quiero repasar algunos de los argumentos que recibí:

“Lo que hay que hacer es reestructurar al INA, eliminar la burocracia y modernizarla”. El sector público no funciona con base en los mismos incentivos de eficiencia e innovación que el privado, puesto que cuenta con una fuente segura de financiamiento y no debe competir por su supervivencia. Por ende, su tendencia estructural es al anquilosamiento. Tan solo preguntémonos: ¿Cuántos ejemplos exitosos de modernización de una institución estatal hay en nuestro país?

“Cerrar lo que parece que no funciona es la salida fácil”. Ojalá cerrar instituciones ineficientes fuera fácil. No tendríamos toda una constelación de entes estatales –322 y contando– que incluye una fábrica de hacer guaro y una refinería que no refina. En realidad, la solución fácil de los políticos ante una institución que no está cumpliendo su objetivo es “fortalecerla”, es decir, meterle más plata. Al final de cuentas, el dinero no es de ellos, sino de los contribuyentes.

“Las instituciones estatales nos pertenecen a todos”. En realidad, todos contribuimos a su mantenimiento, ya sea mediante impuestos, cargas sociales o gravámenes indirectos que se reflejan en un alto costo de vida. Hay algunas instituciones que sí cumplen un objetivo que beneficia a la mayoría de la población. Pero hay muchas otras que se han convertido en un fin en sí mismas, y solo sirven como agencias de (muy bien remunerado) empleo público, plataformas políticas y ubres generosas para grupos de presión.

“Usted quiere entregarlo todo al sector privado para que haga negocio”. A lo mejor hay algo de razón aquí. Deberíamos librarnos de ese malévolo sector privado y de su vocación de querer hacer negocios a costa del pueblo. Necesitamos un mundo libre de la búsqueda del lucro. Una sociedad que se rija por la solidaridad y la satisfacción de las necesidades de la gente. Es una lástima que hasta ahora nadie haya intentado un sistema así.