Fernando Zamora. 19 agosto

Según informó este diario, las recientes administraciones educativas han venido adoctrinando a los jóvenes costarricenses. Lo hacen con un claro sesgo ideológico, mediante textos utilizados como parte del material educativo. Como en todo adoctrinamiento, la mentira es una de sus herramientas usuales. Veamos algunos ejemplos.

En el folleto Nueva acción cívica para bachillerato, se afirma, respecto del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana (TLC), que “el gobierno tomaba las decisiones sin tener en consideración al pueblo”, lo cual, si recordamos, fue mediante un referendo nacional como se decidió suscribir el acuerdo. Por tanto, es a todas luces una burda falsedad histórica.

Los folletos están plagados de las típicas frases panfletarias de la teoría marxista de violencia de clase. Aún peor, en el texto educativo Panorama mundial 11, del Programa de Estudios Sociales para los muchachos, se atreven a afirmar que en la campaña del 2007, por el TLC, los funcionarios de la administración que entonces impulsó la iniciativa ofrecían bienes a cambio de votos. Burda calumnia que supongo terminará en los estrados penales del país, pues, incluso, utilizan la imagen de exfuncionarios de entonces.

No quepa duda: si eso hubiese ocurrido, habrían sobrado los testigos y las pruebas; eran momentos en que el ambiente estaba muy efervescente y las autoridades habrían sido entonces denunciadas si en verdad aquella fechoría hubiese ocurrido.

Igual sucede con otros materiales lectivos, en donde se hacen alusiones indirectas a partidos políticos vigentes, con el objetivo subliminal de orientar la afinidad de los educandos en función del partido de gobierno y contra la oposición.

Educación tomada. Está claro que la educación está siendo tomada por activistas imbuidos de ideologías que pretenden ejercer la misma estrategia que en el pasado tantos réditos brindó a los regímenes totalitarios.

Al igual que lo estaban Antonio Gramsci y Herbert Marcuse, están convencidos de que el futuro no está en la toma armada del poder político, sino en el adoctrinamiento cultural de la juventud. Se emplean estrategias como la “ventana de Overton”, en donde una idea, por más insensata que parezca, puede terminar imponiéndose si se adoctrina sistemáticamente en ella.

Es triste que se pretenda subordinar la educación a un recetario de fórmulas ideológicas. Una filosofía educativa sensata no ofrece recetas. Solo es guía para discernir el camino y escoger de todo el conjunto de arbitrios que para cada caso concreto se ponen en práctica intentando la cultura. Se limita a ofrecer un marco dentro del cual se desata la inspiración del buen educador, que es el poder extraordinario con el que este intuye el llamado que tiene el joven en su transitar vital.

Pero tal inspiración es imposible en una mente obnubilada por los prejuicios y las supersticiones ideológicas. Porque la ideología es un condicionamiento. Es una programación mental. Independientemente de que sus enunciados se ajusten o no a la realidad, lo esencial es que cumplan una función directiva del comportamiento. Sean o no justificados sus predicados, al final resultan un conjunto prescriptivo y sistemático de conductas condicionadas por una fuerte carga emotiva.

Intereses particulares. Bien lo reclamó el filósofo mexicano Luis Villoro: la ideología es un conjunto de creencias que responden al interés particular de grupos afanados en obtener poder. Aunque estas no siempre son irracionales, no pueden invocar una justificación suficiente para que su supuesta verdad se acepte con razonable seguridad.

Sabemos que existen creencias falsas, incluso algunas que, por injustas, son evidentemente falsas. Por eso no tienen fuerza social. Pero en el caso de la generalidad de las falacias ideológicas, estas sí se aceptan como verdades incuestionables solo por el objetivo subterráneo que arrebatan. Las ideologías dan por sentadas convicciones que en la gran mayoría de los casos no tienen fundamento en la realidad.

A pesar de ello, los activistas de las ideologías logran que sus razones venzan a otras mejores, como son, por ejemplo, las razones estadísticas. La falacia ideológica no necesariamente se levanta intencionalmente. No siempre es un engaño consciente y, por tanto, es difícil confrontarlo.

Quien está sometido a las supersticiones ideológicas, las abraza con sincera ingenuidad. Por eso son un yugo difícil de vencer. La única forma de desenmascarar la falacia ideológica es descubriendo los intereses propios de quienes las promueven.

La ideología es un espejismo que satisface las necesidades de identidad colectiva, de reconocimiento y cobijo. Por eso los jóvenes son quienes fácilmente caen presa de las redes que los ideólogos echan. Ahora bien, para que la superstición ideológica alcance éxito social es necesario que quienes las prohíjan estén convencidos de que aquello en lo que creen será en beneficio de todos.

Por promover quimeras que al final del camino solo son intereses, la ideología es un engaño. Dichos intereses llegan al extremo de presentar como verdades creencias que la misma realidad contradice o que son, incluso, irracionales.

Peligrosas. Surgidas a partir del marxismo del siglo XIX, las doctrinas ideológicas más peligrosas tienen su matriz en las teorías del materialismo determinista y de la lucha de clases. El denominador común de todas sus variantes está en dos elementos. Mal conciben el desarrollo humano a partir de la absoluta acumulación de poder en el Estado.

Son doctrinas omnicomprensivas de la historia y de la sociedad, lo que las hace necesariamente falaces. Para quienes están dominados por esas supersticiones, las políticas públicas solo son eficaces en el tanto apliquen al pie de la letra tal recetario. Antes que surgieran los materialismos de la época moderna, la humanidad no conocía tal culto por una razón totalizadora.

No existían las complejas y abarcadoras teorías que imponen los materialismos de hoy. Por el contrario, los modelos educativos regidos por filosofías equilibradas han aspirado siempre a establecer el balance que mantenga a raya esa voraz propensión totalizadora del Estado. Pero parece que las administraciones educativas de los últimos años quieren transitar en contravía, y le están guiñando el ojo a un peligroso juego. Es que hay momentos en que los tiempos son oscuros. Horas de sombras.

El autor es abogado constitucionalista.