
En su columna del pasado 14 de mayo, don Leonardo Garnier se refiere a la polarización que vive el país entre la gran “burbuja” que apoya al chavismo (60% de la población) y la pequeña, cuyos integrantes no lo vemos con buenos ojos (20%). Me sitúo, en este tema, dentro de la burbuja en que se ubica don Leonardo, la pequeña.
Don Leonardo va más allá de ese incuestionable dato y comparte su punto de vista sobre las razones para que una mayoría se identifique con el enojo chavista contra la política. A ese asunto dediqué mi artículo “Trump y Chaves: voceros del enojo” publicado en esta misma sección el 13 de diciembre de 2024. Al igual que don Leonardo, ahí atribuí a la creciente desigualdad social parte de ese rechazo a la política.
El autor afirma que la otra causa del enojo que representa el chavismo es “… una narrativa pesimista, destructiva y antipolítica que se dedicó, por décadas, a denigrar la política en general y a cualquier persona que participara en ella. Todos éramos ineptos; todos, corruptos. Esto contó con la complicidad de cierto tipo de prensa, ¿canalla?, y también de cierto tipo de políticos dizque puritanos que quisieron arroparse con esa narrativa para terminar, irónicamente, devorados por ella”.
Interesante la conclusión de don Leonardo, pero no creo que el frío esté en las cobijas. Yo atribuiría el descrédito de la política no a la prensa y los políticos que denunciaron la corrupción, sino a los que la practicaron y a los que la vieron pero prefirieron encubrirla y guardar silencio, permitiéndole así florecer. A la corrupción y los abusos no les da existencia la denuncia; por el contrario, esta es relevante y tiene impacto si la corrupción existe. El enojo contra la política no lo genera la denuncia de la corrupción, sino la corrupción misma y la impunidad.
En Costa Rica se consolidó una forma de vivir dentro de la política inundada de abusos y silencios. Los primeros acontecen porque dentro de los seres humanos hay una proporción que, instintivamente, aprovecha cualquier oportunidad para tomar más de lo que es suyo. Dentro de la política existen enormes oportunidades para materializar esa patología.
Pero también hay otro grupo de políticos que han visto los desmanes de cerca y han escogido callar, encubrir y mirar para otro lado. Esos son igualmente responsables que los propiamente corruptos. Esas personas, algunos de ellos profesionales e intelectuales de primer orden y de los que se esperaría mayor conciencia sobre su responsabilidad con el país, siempre, desde sus altos cargos (presidentes, ministros, diputados, etcétera), escogieron el silencio y el disimulo.
Optaron, en la práctica, por aliarse con la corrupción y no con la rectitud, y lo hicieron por temor y cobardía, por una mal concebida lealtad al partido y sus líderes o para no ofender a sus colegas y, de ese modo, no dañar sus posibilidades de escalar posiciones y mantener vigencia dentro de la clase política (algo, por cierto, éticamente deplorable).
Fue así como, entre practicantes beneficiados y agazapados interesados, se normalizaron hechos vergonzosos. Solo a manera de ejemplo, a los diputados del partido de gobierno y algunos de la oposición dispuestos a vender su voto, los ministros les otorgaban el poder para nombrar educadores, policías, directores regionales de las instituciones y para seleccionar beneficiarios de las ayudas del IMAS, de bonos de vivienda y de placas de taxi.
El presidente y los ministros fueron los responsables de que las leyes y los criterios técnicos se mandaran al cajón de la basura. La desvergüenza de buena parte de la política tradicional era tal, que líderes de ambos partidos materializaban su ilimitado clientelismo repartiendo durante la campaña cartones que simulaban bonos de vivienda, los cuales entregaban a dirigentes de las comunidades a cambio de su trabajo político.
Estos son solo algunos ejemplos de lo que era rutinario. Y reitero, en esa trama participaban no solo políticos mostacilla y diputados de la gradería de sol, sino jerarcas con sombrero de intelectuales y de reformadores estructurales.
No intento listar todos los ejemplos de clientelismo, abuso y corrupción que invadieron la política tradicional. Me llevaría dos páginas de este periódico. Lo que me interesa es resaltar que, ante ese estado de cosas, para algunos políticos, existían dos alternativas: seguir con las mismas prácticas o los mismos silencios y complicidades, o vivir de otra manera la política y hacer todo lo posible por enterrar esos vicios.
Mucho ha cambiado (no todo, desgraciadamente, como lo vimos con algunos comportamientos del anterior gobierno) gracias a las denuncias de algunos políticos y su coherencia entre prédica y práctica y al importante papel de algunos medios de información (los cuales, por cierto, en lugar de canallas merecen el epíteto de patriotas).
Pero lleva razón don Leonardo cuando afirma que algunos de los que se arroparon con la narrativa antiabusos, anticorrupción y anticlientelismo, fueron devorados por esas prácticas. En lo que se refiere al PAC, hubo personas que al inicio aplaudían entusiastamente nuestras proclamas en estos ámbitos, para terminar enfrentándose a los códigos de ética, los límites a los gastos en las campañas políticas o a que se gobernara, como lo hizo Carlos Alvarado, poniendo a Costa Rica por encima del partido.
Pero eso no disminuye en un ápice la importancia de que estos temas se hubiesen puesto en el tapete. El origen del apoyo que recibe Rodrigo Chaves por su ataque a la política no yace en las denuncias de la prensa y de algunos políticos contra la pobreza ética que prevalecía en una parte de la política tradicional. Por el contrario, sin esas denuncias y las correcciones que les sucedieron, el chavismo hubiese dispuesto de más pruebas para sustentar sus ataques. Hoy cuenta con menos ejemplos gracias a la prensa y a los políticos que se atrevieron a enfrentar los vicios de la vieja política.
Lamentablemente, el chavismo ha restablecido numerosas prácticas clientelistas, ha perfeccionado la estrategia de transar cargos y protecciones (por medio de su “red de cuido”) a cambio de silencios y votos en la Asamblea Legislativa, mientras que la falta de transparencia en la concesión de contratos al sector privado es cada vez más evidente.
Denunciar estos desmanes es obligación de los nuevos actores políticos y de los medios de comunicación independientes. Quedarse callado para “no denigrar a la política” sería una terrible omisión.
ottonsolis@ice.co.cr
Ottón Solís es economista. Ha sido diputado, ministro y candidato presidencial.