Columnistas

A favor de la gentileza

¿En qué nos convertiríamos usted y yo si nos dejamos gobernar por el deseo y el poder de dañar a quien no nos guste?

El conde Ricardo llega como huésped al palacio de un obispo, quien le nota solamente un defecto que evita mencionar mientras permanece en su casa. Cuando se marcha, lo manda acompañado de un hombre con el encargo de decirle, mientras lo despide: «Su señoría, el obispo quiere hacerle un regalo al conde. El obispo no ha visto jamás un noble con mejores modales que el conde. Solo le ha descubierto un defecto: que hace mucho ruido con la boca al comer y resulta desagradable a los demás. El regalo del obispo consiste en comunicarle esta observación, que el obispo ruega al conde no tome a mal».

Este hermoso relato contenido en el libro «Galateo», de Florentino Giovanni Della Casa, publicado en Venecia en 1558 —reproducido por Norbert Elias—, ilustra a mi modo de ver lo que nos falta. Algo que precisamente, a propósito de la segunda vuelta presidencial, necesitamos tanto: la amabilidad sin falsedades, franca.

La libertad que se toma la gente por ahí de hablar con excesiva familiaridad y ninguna elegancia ni sustento, con el propósito de atemorizar y callar a quien no coincida con sus deseos o ideas, o de encanfinar a la opinión pública y cosechar ganancia, es cada vez más barroca.

Dado que son actitudes cobardes, pues con frecuencia se esconden tras un nombre falso, es difícil saber con certeza las características de quienes lo hacen. Aunque en los últimos años, con el aumento de una clase política grosera y prepotente, resulta más sencillo. Sin embargo, dicho incremento debería alertarnos sobre nuestra tolerancia hacia lo insultante.

Este comportamiento querría decir, al menos, dos cosas de quienes lo reproducen: que no les importa los demás y que tampoco les importa la imagen que proyecten. Como es obvio, siempre saben lo que hacen. Son unos «porta a mí».

Es decir, tienen dificultades para convivir en sociedad respetando la base que la humanidad aprendió a valorar, gracias al progreso. Un pacto social tácito que nos facilita llegar a acuerdos mínimos: no dañarnos y no trasgredir cierta frontera en el trato.

La ausencia de límites en nuestros vínculos suele terminar en un exceso de confianza, que traspasa la privacidad y la dignidad de las personas, fenómeno del que cualquiera puede ser víctima si coincide con alguien semejante, que no razona en clave social, en un bus, en la calle, un bar o en las redes.

Es cada día más evidente el quiebre del contrato, de ahí la fascinación que producen los videos de agravios públicos, al punto de volverse virales en solo unos cuantos minutos.

Pienso que la mala educación que nos aqueja es tan generalizada que es infrecuente conocer a alguien que practique la cortesía pero habitual su contrario: basta ver la cantidad de veces que se abren los mensajes y no se responden; lo usual que resulta que nuestros saludos no sean devueltos; la ausencia de agradecimiento de quienes venden un producto que elegimos; el «tranquila» tan tico que se dicen en lugar de gracias, cuando hacemos un favor; la típica forma displicente en que nos atienden los trámites; o el ejército de troles que inunda las publicaciones reflexivas, directas o propositivas.

Nuestra mala educación no es cosa tan nueva, pero sí lo es que quienes se comportan así anden exhibiéndose con orgullo y que cada vez sus manifestaciones sean más violentas. Es como si en lugar de seguir el proceso civilizatorio estuviéramos involucionando culturalmente.

El problema se vuelve más perjudicial cuando quienes hacen esto ocupan o quieren estar en cargos de elección, por razones obvias: porque hablan desde un colectivo que se supone al servicio del país y suman a sus diatribas una imagen de sacrificio, dedicación y salvación de alguna causa disque común, disfrazando sus verdades intenciones.

También porque —dada su investidura— normalizan y hacen aceptable este tipo de comunicación irresponsable e iracunda. Contribuyen, con su tosquedad y mala fe, al deterioro de nuestra nación, devastando, precisamente, el elemento en el que se fundó la modernidad y nuestro país en ella: el vínculo colectivo.

¿Qué será de Costa Rica si no ponemos límite a los deseos y las ambiciones de esta clase de promotores de la destrucción, el miedo y la división?

Mal haríamos en guardar silencio —por temor, comodidad o recato— frente a los personajes infames que, en vez de avergonzarse, difunden con altavoz su vulgaridad y malas intenciones.

¿Qué clase de avance nacional se logra haciendo estrago de su población? ¿Qué utilidad nos ofrecen quienes critican en beneficio propio? Si ello no es para sus habitantes, si nos golpeamos, no logramos nada.

Si la gente es el centro de nuestras preocupaciones sociales, un propósito como nación tiene que ser darle importancia a hacernos la vida más llevadera. Para eso, no necesitamos caernos bien ni estar de acuerdo en todo.

isabelgamboabarboza@gmail.com

@IsabelGamboaUCR

https://www.facebook.com/mariaisabel.gamboabarboza

La autora es catedrática de la UCR.

Isabel  Gamboa Barboza

Isabel Gamboa Barboza

Doctora en estudios culturales y sociales, dedicada a la docencia universitaria y a la investigación del sufrimiento y el vínculo social, las desigualdades entre mujeres y hombres y los discursos culturales acerca de la pobreza, la salud, la enfermedad y el poder, entre otros.

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