Principios de la década de 1980. Investigadores de Estados Unidos y Europa desarrollan un sistema (lenguaje, según algunos) que consta de 225 palabras y permite la comunicación entre los seres humanos y los chimpancés. Más tarde, el escritor checo Iván Klíma acuña, para ese instrumento, el nombre de jerkish , palabra inglesa que significa algo así como “espasmódico” y podría traducirse más bien como “para tontos”.
Klíma, víctima y crítico mordaz del régimen neoestalinista implantado en Checoslovaquia después de la primavera de Praga, predijo que el jerkish sería en el futuro el idioma universal, aquel que el poder utilizaría en todas partes para domesticar y someter a las masas. De hecho, ya bastante se había escrito sobre la cuartelaria simplificación que, en su momento, los nazis infligieron a la lengua alemana, y el novelista checo, obligado por rebelde a ganarse la vida como barrendero, no vaciló en comparar el jerkish con la burocrática pobreza intelectual del discurso cotidiano bajo el régimen comunista. La grabación clandestina de una sesión del comité central del partido comunista checo, exhibida en la televisión praguense después de la caída de la dictadura, fue declarada, por jerkish , “el mejor programa cómico del año”.
En nuestro tiempo, podemos sospechar que, con el propósito de protegerse de las infidencias de los traductores, algunos políticos de Texas, de América Latina y del Oriente medio utilizan, para comunicarse entre sí, una forma simplificada del jerkish . Pero, caricaturas aparte, no resulta difícil imaginar, por ejemplo, la negociación de un soborno tejido alrededor de una venta de armas, de equipo electrónico o de aparatos de utilidad sanitaria, en la que por precaución o por deficiencia glótica los protagonistas han acordado comunicarse mediante un repertorio simiesco de 200 señas o gestos.
A la altura de 1970, los conductores de Bélgica, un país reputado de ser plurilingüe, habían reducido a tres señales dactilares el lenguaje necesario para comunicarse de un vehículo a otro en las autopistas (en Tiquicia son dos), y en un programa de noticias de Miami, el periodista que “cubría” una noticia sobre Costa Rica nos recordó la existencia del jerkish al entrevistar a un funcionario local: dudo que, fuera de nuestro país, un solo hispanohablante haya sacado algo en claro de la compacta y carraspeante jerigonza que nuestro burócrata ofreció con su despliegue de perfecto jerkiñol (naciente mezcla de buen jerkish y mal español). Hacia allá vamos. Según parece.