
A Elizabeth Quesada, madre del ingeniero costarricense Roberto Ramírez, la angustia la acompaña desde febrero que se inició la invasión de Rusia a Ucrania, ya que su hijo realiza allá labor misionera, en medio del conflicto.
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Cuando comenzaron los bombardeos, la congregación de Roberto le exigió salir a Polonia y así lo hizo, pero ante las muchas necesidades en el país que lo acogió, él pidió volver. Es así como de nuevo se encuentra en zona de guerra atendiendo a familias que viven en sótanos en la ciudad de Kaharlyk, a 80 kilómetros de Kiev, capital ucraniana, porque se niegan a dejar su comunidad pese al peligro.
“Como hay una diferencia horaria, de alrededor de ocho horas, me levanto de madrugada para conversar con él, ya que allá es como la una de la tarde cuando toma sus alimentos, que son ya muy escasos.
“Me ha contado que la milicia ucraniana les ordenó no dormir al fondo de los sótanos, sino en la afueras, porque si un bombardeo los impacta, es más fácil sacarlos. Me narra adolorido de que las personas por las que vela son adultas mayores, niños y niñas; muchos de ellos ya huérfanos, pues sus padres murieron por ataques aéreos”, contó Quesada, quien habita en Paraíso de Cartago.
Según la madre, Roberto afirma que falta comida y gasolina.
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“Cuando leo, veo u oigo los medios de comunicación, espero que en algún momento digan que se acabó esa guerra para que a mi corazón llegue la tranquilidad. Oramos juntos cuando logramos comunicarnos, pero, principalmente, por mensajes de WhatsApp. Esas oraciones conjuntas me alivian un poco, porque sé que él está con Dios y me lo cuidará”, afirma con convicción.
Según la mujer, siempre trató de inculcar a su hijo, ahora de 33 años, que vale más ayudar al prójimo que atesorar riquezas.
“Me dice que el cariño de las viejitas, que le ponen la mano en la cabeza como agradecimiento, ya que el idioma es un limitante en la comunicación verbal, es suficiente pago para él”, expresó.
