
Un improvisado monumento al terremoto de Limón, el frágil cadáver del Hotel Las Olas, tiene dos décadas de desmoronarse frente al mar, sin que nadie se atreva a derribarlo.
A pocos kilómetros, una montaña de latas herrumbradas tomó posesión del terreno donde el Hotel Internacional, de tres pisos, sucumbió ante el remezón y mató a un hombre de 46 años.
Aquellas sedes de la destrucción en nada se parecen al Fénix: nunca renacieron y sus cenizas persisten solo como fantasmas de un recuerdo demasiado doloroso para invocar y, a la vez, demasiado importante para dejar en olvido.
Así, arrepentida y desarticulada, ha sido la convalecencia de la provincia caribeña desde que el sismo de 7,6 grados en la escala Richter la sacudió el 22 de abril de 1991 a las 3:57 p. m.
Quienes viven y respiran Limón aseguran que las cifras de 48 muertos y ¢22.000 millones en daños (que al valor actual del colón equivale a poco más de ¢125.000 millones) esbozan únicamente el impacto inicial del desastre.
El torniquete que se aplicó recién ocurrido el desastre nunca se remplazó por una solución permanente e integral, según el director del proyecto Limón Ciudad Puerto y coordinador del comité regional de emergencias, Roberto Sawyers.
“Debió conformarse una comisión de seguimiento que procurara que Limón volviera a alcanzar las condiciones de competitividad que tenía antes del terremoto, pero eso nunca sucedió. El terremoto nos golpea todavía, incluso de maneras que ni nos percatamos”, afirmó Sawyers.
“Recuperarnos fue muy costoso porque durante años hubo que dejar de invertir presupuestos ordinarios para atender las pocas cosas que se pudieron rescatar en infraestructura”, agregó.
La falta de inversión en instalaciones educativas, sedes institucionales y opciones de abastecimiento de agua, han conducido a un Limón inhóspito que atrae a pocos profesionales y escaso turismo.
Además, el daño que el terremoto produjo en numerosas cuencas hoy genera constantes inundaciones, que no son más que zancadillas a los esfuerzos aislados por salir a flote.
“En Costa Rica, con terremoto o sin él, el problema es la mala estructura de los puentes, sobre todo en las zonas rurales. Se aprendió la lección pero no se hizo nada para remediar”, dijo Taylor.
Si bien el Código Sísmico se actualizó después del terremoto para incluir a Limón como una zona de sismicidad intermedia (en el momento del terremoto era de sismicidad baja), en infraestructura la provincia se queda corta.
Así lo afirmó Roy Acuña, coordinador de la Comisión Permanente de Estudio y Revisión del Código Sísmico del Colegio Federado de Ingenieros y de Arquitectos (CFIA).
Los daños a las líneas vitales encabezaron la lista de pérdidas generadas por el sismo de 1991, en el cual colapsaron cinco puentes y otros seis tuvieron daños graves.
Acuña explicó que muchas de las reparaciones reprodujeron las debilidades estructurales que tantos problemas generaron durante el terremoto.
“Los ingenieros estructurales que han ido a la zona comentan que puentes como el que está sobre el río La Estrella se volvieron a montar con la misma estructura. No se corrigieron para evitar que pasara lo mismo”, aseguró Acuña.
Algunos de los puentes golpeados por el terremoto, como los que se ubican sobre los ríos Estrella, Chirripó, Blanco y Cuba, ahora encabezan el plan de rehabilitación que anunció en marzo el ministro de Obras Públicas y Transportes, Francisco Jiménez.
Se trata de estructuras olvidadas a las que la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA) les puso atención por el “severo deterioro” y falta de mantenimiento.
Jiménez también aseguró que se trabaja en una solución permanente bilateral con Panamá para el puente fronterizo sobre el río Sixaola, construido en 1908 y que está en condiciones precarias.
Más allá de las deficiencias de los puentes, lo que más lamenta el alcalde de Limón, Néstor Mattis, es la existencia de una sola vía de acceso al cantón.
“Cada vez se tarda más en ir hacia San José. Las vías están completamente colapsadas y eso sin que haya un fenómeno natural”, dijo.