Salud

Hermano de sacerdote fallecido por covid-19: ‘Pasó sus últimos días al lado de su gran amor: mi mamá, ya ella lo recibió en el Cielo’

El padre Emilio Montes de Oca murió este martes horas después de su madre; dos de sus hermanos están hospitalizados por la enfermedad y una hermana se recupera en casa

“Esta es una historia de amor, de un hijo para su madre y de una madre para su hijo”.

Estas fueron las palabras con las que el obispo Javier Román, resumió la relación del sacerdote Emilio Montes de Oca Cordero con su madre, María Isabel Cordero, quienes fallecieron por covid-19 con menos de 24 horas de diferencia.

Román fue quien dio la homilía en la misa para despedir al padre Emilio, de 57 años.

La covid-19 también tiene a dos hermanos del religioso hospitalizados, mientras que una hermana se recupera en su casa.

“Así como una madre recibe en sus brazos a un hijo cuando nace y lo presenta al Señor, una madre lo recibe en la vida eterna y lo presenta al Señor”, expresó el obispo limonense y amigo del padre Emilio.

“El amor de un hijo por la madre y por no ver sufrir a la madre, era lo que hacía a Emilio luchar (...) Ayer, despedíamos a la madre, María Isabel, y hoy estamos aquí. ¿Con quién más que con la mamá se puede querer dar ese paso e ir junto a Dios?”, manifestó.

Esta relación tan especial fue confirmada por Mauricio, hermano solo dos años mayor que Emilio, quien habló al final de la misa, al mediodía de este miércoles.

“Fueron pocos días en cama, pero estuvo al lado de uno de sus grandes amores en esta tierra, mi mamá. Él tuvo tres grandes amores: Jesús, la virgen de Guadalupe, y mamá”, comentó.

“Mi mamá siempre fue muy cariñosa, pero Ñoño (como le decía) siempre fue muy cariñoso con ella. Y eso los hizo estar juntos. A las 11 a. m. de ayer (martes) me imagino estar oyendo a mi mamá decirle ‘Ñoño, ¡te viniste!”

Ese vínculo también conmovía a Yorlenis Obando, quien compartió con el padre Emilio cuando era sacerdote en Puntarenas. Actualmente, se hablaban casi a diario pues, según dice, él era su mejor amigo.

“A su mamá no le dijo lo mal que se sentía, él seguía cuidándola. Cuando murió la mamá yo pensé ‘se nos va’ y así fue”.

Nahir Vílchez, otra amiga de Puntarenas coincide: “ese amor fue muy grande. Él le pedía a Dios fortaleza para enfrentar la muerte de su mamá el día que llegara. Él estaba cuidando a su mamá y por eso fue que terminaron enfermitos. Y ahora, en el hospital, él estaba aguantando para que ella no sufriera, estaba batallando para su mamá”.

Deseos de sacerdocio desde niño

Mauricio afirmó que desde niños, Emilio sabía su vocación.

“Nos congregaba en la casa, en el comedor. Le pedía sábanas blancas a mi mamá y se las ponía y nos daba la comunión con pastillas de menta”, recordó.

El hermano recordó también una anécdota con otra hermana que realizaba el aspirantado para convertirse en monja en María Auxiliadora, junto a sor María Romero.

“Un día llegamos donde se hacían las hostias, y dice: ‘¡Ay, mirá, aquí se hacen!’ Emilio, en aquella inquietud, le preguntó a sor María que si le hacía el favor de regalarle recortes de hostias, entonces se modernizaron las misas familiares”, rememoró.

Amor por los jóvenes

Para Obando y Vílchez, sus amigas de la época de pastoral juvenil adolescente, ese amor por la juventud marcó la vida no solo de él, también de decenas de adultos que cuando jóvenes buscaron consuelo en la Iglesia.

“Muchos somos profesionales, personas de bien, crecimos, nos casamos, le seguimos sirviendo a Dios. Él fue un papá para muchos que venían de familias desintegradas, un hermano cuando estábamos en dificultades, un amigo para todo momento”.

Según Vílchez, también era muy estricto, sabía cuándo regañar y cuándo debían hacer las cosas mejor.

“Nos dio disciplina. Nos enseñó a trabajar”, dijo.

Misas al aire libre

Luego de años de estar en Puntarenas y Guanacaste, el padre Emilio volvió a San José. Su última parroquia fue el Perpetuo Socorro, en Sabana Sur. Allí, realizaba misas al aire libre en una “capilla sin paredes”.

“Esas misas eran en un parquecito a la par del Balcón Verde. Yo estaba apartada de la Iglesia y una amiga me invitó y me dijo que me iba a enamorar de esas misas, y tenía razón”, aseguró Eugenia León.

“Tenía una forma de hablar tan bonita, tan coloquial, tan cercana, tan amena. Nos hacía bromas, nos vacilaba. Y así nos fue acercando más a Dios”, añadió.

Para todas las personas que lo conocieron, una de las esperanzas es que ya está junto a su madre, y no tuvo que sufrir esa pérdida que tanto temió.

Irene Rodríguez

Irene Rodríguez

Periodista en la sección El País. Máster en Salud Pública con Énfasis en Gerencia de la Salud en la Universidad de Costa Rica. Ganó el Premio Nacional de Periodismo Científico del Conicit 2013-2014, el premio Health Systems Global 2018 y la mención honorífica al Premio Nacional de Periodismo de Ciencia, Tecnología e Innovación 2017-2018.