Josué Bravo. 10 mayo
Alexandra Arias, costarricense radicada en Venezuela, y su familia. Foto: cortesía
Alexandra Arias, costarricense radicada en Venezuela, y su familia. Foto: cortesía

“A la iglesia llegan muchísimas personas con la problemática de que están deprimidos. Quieren morirse. Como no encuentran una solución, en Dios se han refugiado (...). Son muchas las personas que atendemos en la iglesia con hambre, con deseos de suicidarse por la desesperación”.

Alexandra Arias, costarricense de 37 años, tiene nueve años de haberse radicado en Venezuela, en donde vive junto a su familia en San Diego de Valencia, Estado de Carabobo, al sur de Caracas, a unas dos horas en carro.

Desde Caracas, a donde asistió este jueves para realizar trámites migratorios con la finalidad de poder regresar a Costa Rica, Arias relató el drama que vive su familia desde finales del año pasado, cuando su esposo se quedó desempleado.

La historia comenzó hace nueve años. La pareja trabajaba en Costa Rica en una empresa guatemalteca de fotografías. En aquella ocasión, a su esposo le llegó una oferta para trabajar en Venezuela. La familia vio en esa propuesta una oportunidad de mejorar económicamente sus vidas.

Todo marchaba bien, según el relato de Arias: su esposo era gerente comercial de una fábrica de productos plásticos en Valencia, vivían en un apartamento pagado por la empresa, sus hijos estudiaban en centros privados para evitar la contaminación ideológica del sistema público de educación y acudían periódicamente a una iglesia cristiana de San Diego.

Sin embargo, desde hace cuatro años la crisis se agudizó y, durante los últimos dos, la empresa que contrató a su esposo empezó a tener problemas de producción por falta de materia prima. Finalmente, en diciembre del 2018, su esposo, de nacionalidad peruana y de 40 años, se quedó sin empleo.

Para sobrevivir, la familia vende huevos entre los miembros de su iglesia.

A la semana, se ganan unos $15 (unos ¢9.000), apenas una cuarta parte de lo que cuesta un poco de pan, leche y queso, con lo cual un hogar de cinco miembros, como el de ella, puede “medio comer”.

“Mis hijos están bajos de peso, como lo apunté en los dictámenes médicos. Tenemos la situación de que, para poder adquirir los alimentos, no se encuentran o ahora todo está dolarizado. Estamos hablando de que para comprar pan, leche y queso, eso es una cuenta de 100.000 bolívares prácticamente y una persona tiene un salario mínimo de 35.000 bolívares, el dinero no alcanza”, afirma.

Su marido también padece de hipertensión; su hijo mayor, de 18 años, tiene piedras en los riñones y el de seis años, una hernia en el ombligo.

La tica forma parte de una iglesia donde, cada domingo, asisten con alimentación a 400 niños. Foto: Alexandra Arias.
La tica forma parte de una iglesia donde, cada domingo, asisten con alimentación a 400 niños. Foto: Alexandra Arias.

Debido a la condición migratoria, no tienen acceso a la seguridad social y tampoco pueden acceder a medicinas por el alto costo de ellas en el mercado negro.

“Ellos están en una situación de educación terrible, en las escuelas no tienen para poder comprar una planta eléctrica. Entonces, ellos reciben clases de lunes a jueves hasta el mediodía, bajo un calor tan fuerte aquí. Tampoco hay agua potable, el agua la racionan”.

“La luz tiene su voluntad propia aquí en Venezuela, se va cuando quiere y vuelve cuando quiere. Pueden ser seis horas, ocho horas. Si es en la madrugada es peor, no se duerme bien. No hay garantías sociales, tampoco uno puede expresarse libremente como lo estoy haciendo ahorita y ciertamente queremos volver a nuestro país”.

“Estamos haciendo todas las gestiones, el consulado actualmente se encuentra cerrado por la coyuntura que hay a nivel político, pero estamos esperando la respuesta del canciller (Manuel Ventura)”, afirma Arias.

El menor de sus hijos es venezolano y, por ello, le ponen muchas trabas para salir. Entonces, procurará sacarlo con pasaporte costarricense.

“No hemos podido regresar porque nunca tuvimos mucho dinero, nunca adquirimos bienes tampoco. Teníamos un salario que nos permitía comer y que los muchachos estuvieran en un colegio privado porque en el público todas son ideas comunistas”, relata.

Añade que un boleto de regreso a Costa Rica cuesta alrededor de $700. “Es bastante dinero si se suman las cinco personas, no tenemos el dinero para pagar. Por eso iniciamos un procedimiento esperando de que la Cancillería nos ayude y de que Dios lo haga. Aquí estamos expuestos a todo y nosotros no tenemos nada”, añadió Arias.

Costa Rica cerró el consulado luego de que el régimen de Nicolás Maduro exigiera la salida del único diplomático que tenía el país en Caracas, Danilo González, en respuesta a la decisión del gobierno costarricense de reconocer al diputado opositor Juan Guaidó como presidente encargado de Venezuela.

Según la Casa Amarilla, en Venezuela hay 1.000 costarricenses.

‘Aquí nunca se sabe nada’

“Realmente nosotros nos levantamos, somos una familia cristiana y la verdad que Dios ha sido bueno, pero nosotros nos levantamos y aquí nunca se sabe nada”, continúa la costarricense.

“Cerca de donde nosotros vivimos, en la entrada principal, que se llama Tulipanes, ese ha sido un escenario de masacres. El pasado 30 (de abril), cuando hubo el golpe fallido, las personas salieron a manifestarse al semáforo, salieron con sus botellones, sus botellones de agua y sus pipotes de gas en forma de protesta porque también no hay agua, no hay gas, no hay comida”.

“La educación es pobre, los hospitales ni le cuento. Como iglesia que nosotros somos, tenemos la oportunidad de ir y dar la palabra de Dios en esos lugares, es terrible”.

“Nuestra iglesia hace poquito tuvo también una situación con una niña de uno de nuestros pastores. Nosotros, con la necesidad del agua, habíamos ido donde otros hermanos que tienen un pozo de agua y ahí íbamos a cocinar tres familias porque no teníamos agua, gas, ni luz y la niña en cuestión de diez minutos se cayó al tanque, la niña se ahogó, no logramos encontrar ayuda médica porque los doctores dijeron que la niña había llegado muerta, cuando nosotros le habíamos hecho RCP (reanimación cardiopulmonar), la niña aún estaba viva”.

El caso más crítico es el de su hijo mayor, quien acude unas dos veces por semana a la universidad, donde estudia ingeniería en mecatrónica. Por la falta de recursos, sale desde su casa sin comer y el recorrido lo hace a pie.

Alexandra Arias, una costarricense quien reside con su familia en Venezuela, relató a La Nación el drama que viven por la crisis en ese país. Foto: Alexandra Arias.
Alexandra Arias, una costarricense quien reside con su familia en Venezuela, relató a La Nación el drama que viven por la crisis en ese país. Foto: Alexandra Arias.

El esposo de Arias es comunicador social, pero nunca ha ejercido su carrera. Dos de sus tres hijos nacieron en Costa Rica y el tercero en Venezuela.

“Venezuela es una tierra hermosa que ha marcado nuestras vidas, hay personas que han dejado una huella tremenda en nuestra vida porque nos han ayudado, nos han dado una mano como es nuestra iglesia, nuestros hermanos de la iglesia, pero todo lo demás se encuentra patas para arriba: no sirven los sistemas de salud, no sirven los sistemas de gobierno, las personas están esperanzadas de que se levante alguien y los ayude”, añade.