Esteban Mata Blanco. 1 junio, 2016

La Cruz, Guanacaste. El mar tranquilo de la bahía Salinas tienta a los migrantes africanos a tirarse al agua mientras se les añeja su sueño americano.

San Juan del Sur, en Nicaragua, está allá, a menos de 20 km a la vuelta de la bahía. Están casi seguros de que si logran pasar el paso amargo del país que gobierna Daniel Ortega, el camino por tierra hacia Estados Unidos será más despejado y sencillo.

Esperan mirando el mar mientras los niños juegan en la arena. Son cientos de hombres y mujeres que se cansan de esperar allí.

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Pero no todo es sueño. Entre ellos se habla del intento de un par de migrantes que se hicieron de los servicios de un lanchero que los intentó llevar al lado nicaragüense del mar, y que, en circunstancias poco claras, cayeron al mar, ahogándose.

“Así es, fueron dos, pero no sabemos si han sido más”, dice en un español atropellado Emanuelle Bembo, del Congo, un hombre de unos dos metros de alto que se afila los bigotes mientras habla.

La pesadilla de atravesar Suramérica les estremece el ánimo. La cruzada del Tapón del Darién y el salto al vacío en las madrugadas del Puerto Obaldía, entre Colombia y Panamá, siguen presentes. En parte por eso, y por otros momentos dolorosos que aún no se cuentan, es que no se animan a tirarse al mar.

Su recorrido comenzó en África, o Haití, y su entrada al continente por Brasil o Colombia en barcos mercantes.

Pero eso no es todo. El recuerdo del joven de 23 años que amaneció muerto en La Cruz, supuestamente por hambre, y las historias de coyotes ticos y nicaragüenses que los pasan por la frontera solo para entregarlos al ejército de Ortega, les hace quedarse una noche más del lado tico.

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Uno de esos coyotes habría sido buscado por los migrantes en el pueblo de Peñas Blancas, y golpeado al punto de que tuvo que ser enviado al Hospital Enrique Baltodano Briceño, en Liberia.

Esta versión la confirman por lo bajo policías y pobladores.

En tanto, Yellin Brice, del Congo y de 27 años, dice que está en el país desde hace tres meses, pero teme entrar a Nicaragua pues los militares los han devuelto cinco veces. “Nosotros no tenemos esperanza. Queremos cruzar para llegar a nuestro destino”, dice.

La gorra hacia atrás no delata la idea clara que tiene.

“La solución que nosotros proponemos es que los Gobiernos de Costa Rica y de Nicaragua se pongan de acuerdo para que nos dejen llegar a nuestro final”.