Rebeca Madrigal Q.. 2 diciembre, 2019
En la fotografía, una concentración en apoyo a la democracia en julio de este año. Fotografía: Marcela Bertozzi/Agencia Ojo por Ojo.
En la fotografía, una concentración en apoyo a la democracia en julio de este año. Fotografía: Marcela Bertozzi/Agencia Ojo por Ojo.

A casi un tercio de los ciudadanos le es indiferente si los problemas del país se resuelven por la vía democrática o por otra, mientras tenga una respuesta.

Esa circunstancia constituye un terreno fértil para el populismo, lo cual plantea nuevas dificultades para la gobernanza. Así lo advierte el más reciente Informe del Estado de la Nación.

Al analizar encuestas de opinión pública elaboradas a lo largo de 40 años, el informe concluye que el grupo denominado “ambivalentes” creció de un 10% a un 28% entre 1978 y el 2018.

En el 2014, llegaron a representar el 30% de la población.

Los ambivalentes se caracterizan por tener niveles intermedios de apoyo y tolerancia a la democracia, explica el Estado de la Nación.

“Son escépticos, críticos y no están tan convencidos que la democracia, ante las crisis, es necesario defenderla", explicó el investigador Ronald Alfaro.

Según el estudio, el apoyo a la democracia se ha erosionado en los últimos años, en especial desde 1999.

Para la investigación, el Estado de la Nación utilizó los datos de las encuestas del Barómetro de las Américas, de la Universidad de Vanderbilt, de Estados Unidos, correspondientes al período 1973-2018.

“En las dos primeras décadas del presente siglo, la comunidad se tornó más escéptica y empezó a mostrar actitudes contradictorias, ambivalentes, hacia la democracia... La pérdida de apoyo aumenta la vulnerabilidad de la democracia nacional en un momento histórico cargado de riesgos y amenazas", advierte el informe.

El investigador Alfaro agregó: “El gran peligro es que aparezca un líder populista, los que se creen un ‘salvador’ y que, entonces, le hable a este grupo en el oído y lo convenza de que lo apoyen. Podrían tomarse medidas radicales antidemocráticas”.

"Un populista es lo opuesto a la democrático. Es una persona que cree podría tener la capacidad de cambiar radicalmente la forma en que se conduce el país; se ponen por encima del bien y el mal y quisieran un poder irrestricto sin ningún contrapeso ni límite”.

El fenómeno es más profundo en otros países de América como Guatemala, Perú, Chile, Brasil, Honduras y Panamá.

La puesta a prueba de la democracia costarricense se debe tanto a factores externos como internos, según la investigación.

Alfaro señala diversas causas como la situación económica, la corrupción y la desigualdad.

Sin embargo, aunque ha crecido el grupo de ambivalentes, el apoyo a la democracia se sigue sobreponiendo por dos razones.

La primera es que, si se juntan, los grupos afines al sistema democrático todavía conforman la mayoría. La segunda es que los ambivalentes aún no se identifican con una tendencia política, ni ha llegado un líder que los ponga en sintonía.

(Video) ¿Qué son los ambivalentes en la política?

Contrapeso

Aunque constituyen el grupo más fuerte en solitario, los ambivalentes tienen en frente a otros tres perfiles de ciudadanos que interponen la democracia sobre cualquier otro régimen, aunque tienen sus propios matices.

Esos perfiles suman un 44% de la población.

Entre ellos, están los demócratas liberales, que son los más ‘casados’ con la democracia; estos representan un 12%.

También, existen los liberales semidemócratas, que cuestionan más la democracia, pero la toleran y suman el 18% de los ciudadanos.

Por último, están los demócratas semiliberales, que apoyan la democracia, pero no son tan tolerantes a ella y constituyen el 14%.

Resiliencia de la democracia costarricense

Apoyo de los ciudadanos a la democracia se mantiene, pero es cada vez más evidente un grupo que es más escéptico y crítico.

FUENTE: ESTADO DE LA NACIÓN CON DATOS DE LA ENCUESTA “BARÓMETRO DE LAS AMÉRICAS”, DE LAPOP.    || C.F. / LA NACIÓN.

En el extremo de menos apoyo a la democracia están los autoritarios, que se inclinan por un régimen dictatorial y hoy representan el 1%, aunque hace 40 años no tenían ninguna representación. No son un peligro, por ahora, según Alfaro.

La preocupación del Estado de la Nación radica en que se ha reducido considerablemente la parte de la población que apoya o tolera la democracia como sistema político.

En 1978, siete de cada 10 costarricenses respaldaba la democracia en algún grado y, ahora, son cuatro de cada 10.

Por ejemplo, los demócratas liberales, los ‘ideales’, según el informe, se redujeron del 26% al 12%, mientras que los demócratas semiliberales también bajaron de un 40% a un 14%.

El Estado de la Nación no incluyó en el análisis otra veintena de perfiles porque son grupos más pequeños.

Democracia ante la crisis

Las fuerzas democráticas que respaldaron a los gobiernos en la crisis económica de los 80, o el conflicto civil en Centroamérica, fueron las que se sobrepusieron a esas situaciones sin alterar el orden del sistema, según el informe.

Por ello, el estudio rescata que el sistema democrático ha mostrado una ‘notable resiliencia’ con la democracia, pese a su erosión. Resiliencia es la capacidad para adaptarse ante sitaciones adversas.

“En una primera etapa, que va desde finales de los años 70, los 80 y hasta finales de siglo, la sociedad costarricense estaba compuesta mayoritariamente por demócratas semiliberales y demócratas liberales.

"Por esta razón, cualquier factor exógeno que en ese período pusiera en riesgo la estabilidad democrática (crisis económica de los ochenta y guerras en Centroamérica) se enfrentaba con un sistema político que poseía una fuerte reserva de legitimidad en la ciudadanía”, indica el reporte.

El apoyo y tolerancia a la democracia es un recurso valioso para los gobernantes en momentos de crisis, según el investigador consultado por La Nación, quien rescató que ello permite que se siga adelante aún con políticas antipopulares.

“(El país) ha logrado mantener la estabilidad económica y política, pese al fuerte crecimiento de la desigualdad social, las adversas condiciones de gobernanza, un lustro de bajo y decreciente dinamismo económico con poca generación de empleo formal y, en época reciente, los efectos de un severo desequilibrio fiscal”, concluye el documento.

Alfaro se cuestiona qué habría pasado si el país no hubiese dado un paso adelante con medidas para evitar una mayor crisis fiscal y se hubiera adentrado en una peor crisis económica.