
“Cuando se ha vivido por largos años en zonas madereras, observando cómo hacen sus mansiones las oropéndolas, uno no se puede sentir bien al ver el (cómo) el hombre invade la montaña y, auxiliándose con tractores y hachas, la explota y después la abandona, dejándola convertida en un desierto”, relató el corresponsal Luis Alexis Molina el 28 de febrero de 1976.
Explicó que hay planes para solventar el problema de la deforestación, pero de momento no hay nadie que se preocupe por recolectar semillas de árboles maderables.
“Ahora, no es posible solucionar el problema desde una cuartilla de un periódico. Preocupémonos por averiguar qué hacemos los costarricenses con las maderas que obtenemos”, detalló.
Pocas fábricas se dedican a la preservación de maderas, que consiste en coger el material y, una vez preparado con las medidas que se necesitan, se somete a un proceso de secado en hornos especiales. Luego, la madera es trasladada a un tanque, donde se le baña con ciertos líquidos.
De esta manera, la porosidad de las maderas se satura y durará diez veces más.
Destaca también la fábrica Tablacel, donde se cogen troncos descortezados y desperdicios de diferentes clases de maderas para desmenuzarlas en pequeñas hojuelas, calibradas hasta espesores que varían entre dos y cuatro milímetros.
Los mezclan con ciertas resinas y los someten a presiones y temperaturas especiales, para formar un material compacto y resistente.
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