
Cuando se estrenó en 1968 la obra de teatro La Colina, de Daniel Gallegos, “hubo todo un pequeño sismo en el mundo intelectual y artístico costarricense”, recordó Guido Fernández en La Nación del 7 de marzo de 1976.
Hubo un infructuoso intento de prohibición por parte de la Censura de Espectáculos, lo que le añadió una “cierta aureola de romántica rebeldía”.
Daniel Gallegos fue el primer autor costarricense que se atrevió a abordar temas con connotaciones teológicas, lo que estremeció a parte de la población.
La obra contiene un lenguaje procaz, provocativo y difícilmente concebible en personajes “que hasta unas horas antes de abrirse el telón se suponía que vestían hábitos”. Un punto controversial de la obra es que, según un acuerdo del pleno de las Naciones Unidas, Dios deja de existir.
Fernández afirma que fue una buena decisión de la Compañía Nacional de Teatro llevar esta obra a la escena de nuevo.
“La perspectiva, y sobre todo, los prejuicios que a favor o en contra rodearon el estreno, pueden haber deformado el juicio de valor que emitimos en aquella ocasión unos y otros”, señaló.
La obra se creó en un contexto de debate para reivindicar la necesidad de la existencia de un poder supremo, situación que fue aprovechada por Gallegos para convertirla en una obra dramática.
Su intención fue explorar cómo la no existencia de Dios tendría consecuencias en personajes que representarían diferentes formas de vivir la religión.
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