
Cuando la nave Orión completó su sobrevuelo lunar el pasado 6 de abril y sus cuatro tripulantes enviaron desde el espacio mensajes de unidad y de la fragilidad humana, Franklin Chang-Díaz los seguía en tiempo real desde su oficina en Houston.
En la pantalla de su computadora, la señal directa de la NASA. En la mente, la certeza de quien hizo ese viaje siete veces y sabe con exactitud lo que esos astronautas estaban viendo y pensando.
“Es un contraste muy punzante”, dijo Chang-Díaz en una entrevista exclusiva con La Nación el pasado 8 de abril.
“Lo que se ve es un lugar totalmente apacible, como que aquí no está pasando nada. Pero uno sabe que en ese lugar tan bonito, tan puro, hay guerras, hay bombas, hay gente que está muriendo.”
El piloto Victor Glover describió a la Tierra como un “oasis”. La especialista Christina Koch dijo que “al final, siempre elegiremos la Tierra, siempre nos elegiremos los unos a los otros”. Lo dijeron mientras en nuestro planeta se libra un conflicto armado entre Estados Unidos e Israel contra Irán.
Chang-Díaz no discutió la belleza de las frases. Pero sí matizó la de Glover cuando este afirmó que “todos somos homo sapiens“.
“Somos homo, definitivamente", respondió con sorna. “Pero de sapiens, no sé. Las tonteras que estamos haciendo, los estragos que le estamos causando a nuestra propia casa... a veces ni nos damos cuenta."
El planeta sobrevivirá. Nosotros, no necesariamente
La advertencia central del astronauta costarricense —ya retirado— no es nueva en el ámbito científico, pero pocas voces la enuncian con la autoridad de alguien que ha visto el planeta desde fuera. La humanidad, explicó, está en una encrucijada: sigue dañando el único entorno que sabe habitar, sin haber desarrollado todavía la capacidad de vivir en otro lugar.
“Si algo le pasa al planeta, no tenemos ningún otro lugar donde ir”, explicó. “No sabemos cómo vivir fuera de la Tierra. Apenas estamos empezando a aprender.”
Y aquí está el nudo que más le importa comunicar: el planeta no corre el riesgo que muchos le atribuyen. El riesgo lo corremos nosotros.
“El planeta tierra no es frágil, como dice la gente”, precisó. “Nosotros somos los frágiles. Al planeta no le importa si estamos aquí o no. Sigue tan campante. Pero a nosotros sí nos importa.”
En ese contexto, misiones como Artemis II adquieren una dimensión que va más allá de la conquista tecnológica o el prestigio nacional. Son, en la visión de Chang-Díaz, el inicio de un proceso de redundancia existencial: aprender a establecer presencia humana fuera de la Tierra antes de que sea demasiado tarde para intentarlo.
La lógica del programa Artemis, explicó, es escalonada.
Una base lunar estable sería el primer punto de apoyo real fuera del planeta. Desde ahí, una misión a Marte se vuelve logísticamente viable: el viaje se reduciría de nueve meses —saliendo desde la Tierra— a apenas dos, con propulsión avanzada desde la superficie lunar.
Luego vendrían las lunas de Júpiter y Saturno.
“Poco a poco vamos a crear una capacidad de supervivencia que nos ofrecería una permanencia real del ser humano en el universo”, dijo.
La urgencia no es abstracta. Chang-Díaz recordó que para mediados de este siglo la población mundial podría alcanzar 10.000 millones de personas. “El planeta no va a tener suficiente capacidad de mantener ese peso humano y ofrecerles una vida razonable y confortable”, advirtió.
La guerra con Irán ilustró, además, otra dimensión del problema.
El conflicto encareció el precio del crudo más de un 50% en pocas semanas, con efectos inmediatos en alimentos, fertilizantes y combustibles.
Chang-Díaz lleva catorce años trabajando en Costa Rica en un proyecto para producir hidrógeno con energía solar y fuentes locales, con el objetivo de que el país pueda desligarse completamente del petróleo.
“En Costa Rica podríamos ser completamente cero petróleo”, afirmó. “La infraestructura existe, el conocimiento existe. Es cuestión de tomar la decisión”, subrayó.
El contraste entre esa posibilidad y la realidad de una guerra por recursos fósiles le genera, dijo, las dos cosas a la vez: ironía y urgencia.
El espacio como espejo
Hay algo que Chang-Díaz destacó con particular énfasis: la capacidad de misiones como Artemis II para hacer que la humanidad se vea a sí misma desde afuera, con una distancia que el día a día no permite.
Recordó que en la Nochebuena de 1968, los astronautas del Apolo 8 —la primera misión tripulada en orbitar la Luna— hicieron una lectura del libro del Génesis en transmisión en vivo para todo el mundo.
El comandante Frank Borman leyó esos pasajes mientras la Tierra entera, dijo Chang-Díaz, estaba “pegada a la televisión”. Él mismo, recién llegado a los Estados Unidos, fue uno de esos espectadores.
“Fue un gesto de gran profundidad filosófica: por qué estamos aquí, qué estamos haciendo, quién nos puso aquí. Y es lo que más se recuerda de esa misión. No la parte técnica. Las palabras de Borman.”
Más de medio siglo después, la tripulación de Artemis II bautizó un cráter lunar con el nombre de “Carroll”, en honor a la esposa fallecida del comandante Reid Wiseman. Un gesto sin valor científico y de enorme valor humano, en medio de una misión de precisión orbital.
Para Chang-Díaz, no hay contradicción. “Al final del día, todos somos seres humanos. Seamos científicos, seamos militares, seamos lo que seamos: sentimos básicamente lo mismo.”
Lo que el espacio ofrece, concluyó, es la perspectiva para recordarlo.
