Educación

Niño víctima de explosión de gas en 2005 es hoy un orgulloso graduado

Santos Bonilla tuvo quemaduras de tercer grado en el 97% del cuerpo; le amputaron parte del pie y dedos de las manos. Sin embargo, este viernes recibió su título de bachillerato

En el 2005, las noticias informaron sobre un terrible incendio en una vivienda en barrio Luján, San José, debido a la explosión de un cilindro de gas. Cuatro niños estaban dentro de la casa al momento del siniestro y uno de ellos era Santos Bonilla, de 2 años, quien llevó la peor parte.

Cuando su mamá, Carmen Aragón, entró a la vivienda para intentar rescatarlo, una enorme llama se interpuso entre los dos y le impedía alcanzarlo. Santos, al ver a su madre, corrió hacia ella y se metió en la llama. Su mamá no pudo rescatarlo, ya que, al ver que su hijo estaba siendo consumido por las llamas, se desmayó.

Fueron los Bomberos los que los rescataron a ambos.

Santos estuvo ocho meses en estado de coma en el Hospital Nacional de Niños, tenía el 97% del cuerpo quemado con heridas de tercer grado. Su hermana Blanca, que tenía cinco años, también resultó con lesiones por las llamas en el 67% del cuerpo.

Las esperanzas de vida para Santos eran pocas, teniendo en cuenta que le tuvieron que amputar parte de un pie y algunos dedos de la mano a causa de una gangrena (muerte del tejido).

El estado en que quedó Santos después del incendio auguraba para él un futuro complicado, lleno de dificultades. Sin embargo, este viernes, el joven, quien ya tiene 19 años, se graduó de bachiller en educación media del Liceo Puente Piedra, en Grecia de Alajuela, como cualquiera de los compañeros de su edad.

Santos fue uno de los más de 300.000 estudiantes del Ministerio de Educación Pública que se graduaron del curso lectivo 2021 entre el 20 y el 21 de enero.

“No siento algunas partes de los manos y de los pies. La gente me ve como discapacitado por las cicatrices en la cara, porque uso una prótesis, porque no tengo parte de un pie y de los dedos de las manos, pero yo no me siento discapacitado porque desde pequeño me he visto así. Yo me siento normal, las cicatrices forman parte de mí, no se me dificulta la vida; me gradué de bachillerato y estoy muy orgulloso por eso, por haber cumplido esa etapa”, relató el joven, quien también aprobó el examen del Instituto Tecnológico de Costa Rica (Tec) para estudiar allí Ingeniería en Sistemas.

Una infancia ‘normal’

Una de las etapas más temidas por la familia de Santos era cuando él ingresara al sistema educativo, ya que los niños le podrían hacer sentir mal por sus cicatrices.

Sin embargo, el primer día de clases en el kínder de la Escuela Ramón Herrera Vitoria, en Grecia, él entró acompañado por los bomberos, quienes les explicaron a sus compañeritos lo que le había pasado y cómo evitar que algo así les sucediera a ellos.

De esta forma, evitaron que Santos fuera víctima de bullying o de comentarios groseros, y muchos de esos niños acompañaron a Santos desde preescolar y durante todas las siguientes etapas educativas.

“Desde que estaba en el kínde,r nunca he sufrido de bullying o rechazo. Cuando entré a sétimo, pensé que la gente me iba a ver raro, pero no fue así, siempre he tenido amigos. Tampoco físicamente me he sentido discapacitado. En clases de Educación Física, en el colegio, me preguntaban si podía hacer ciertos ejercicios y repeticiones, y siempre las hice y a algunos de mis compañeros hasta los dejaba botados. Actualmente, lo normal es que los niños se asusten por mi aspecto, pero los papás que me he topado les explican a ellos qué me pasó”, narró el joven, quien hoy vive con su mamá y tres hermanos en Grecia.

Desde setiembre anterior, Santos juega en el equipo Sporting FC Fútbol para amputados y sueña con llegar a la selección nacional de esta categoría.

El joven cuenta que a pesar de que ganó el examen del Tec, no podrá ingresar de inmediato a esa casa de estudios, pues debe trabajar.

Su mamá, sus tres hermanos y él viven con una pensión de ¢82.000 que recibe Santos del Estado. En el colegio también le daban beca, pero ya salió, de modo que ya no cuentan con ese dinero. Ahora, además de la pensión, la familia tiene la beca del colegio de su hermano menor, Charlie, de 17 años.

Su hermana mayor, Diana, de 25 años, acaba de comenzar a trabajar de manera informal y recibe ¢32.000 a la semana. Eso es lo que tienen para mantenerse los cinco. Por eso, para él es tan importante comenzar a trabajar de una vez.

Daniela Cerdas E.

Daniela Cerdas E.

Bachiller en periodismo, estudiante de Derecho. Cobertura de la temática educativa del país desde 2015. Redactora del año La Nación, 2018.