
Este lunes, el exalcalde de Manchester, Andy Burnham, cruzó la puerta del número 10 de Downing Street. Se convirtió en el nuevo primer ministro del Reino Unido: el sétimo jefe de Gobierno británico en los diez años transcurridos desde el referéndum del Brexit.
Ahora tiene su primer reto en lograr más estabilidad que sus predecesores, antes de las eventuales elecciones generales.
Burnham, de 56 años, reemplazó a Keir Starmer tras su renuncia como líder laborista y primer ministro. La Constitución británica permite este relevo sin necesidad de convocar elecciones generales, siempre que el partido gobernante conserve la mayoría en la Cámara de los Comunes.
En su primer discurso oficial como líder del Reino Unido, Burnham prometió mejoras para la vida de la gente, en un país en rezago económico social.
“Ayudaremos a las personas a vivir mejor, construyendo un Estado más orientado a la prevención, que invierta en el éxito de la gente en lugar de pagar por el fracaso”, afirmó.
“Dentro de unos momentos cruzaré esa puerta que está detrás de mí y daré mi primera instrucción: poner fin al sinhogarismo en nuestro país. Se trata de situar los valores correctos y los estándares adecuados en el centro de la acción del Gobierno”, prometió.

El ‘King of the North’ asume el liderazgo
Hasta ahora, Andy Burnham era conocido sobre todo por su gestión como alcalde del área metropolitana del Gran Manchester, cargo que ocupa desde 2017.
Durante la pandemia de covid-19, ganó notoriedad nacional al enfrentarse públicamente al entonces primer ministro Boris Johnson para exigir mayores recursos para el norte de Inglaterra. Esa defensa de las regiones norteñas le valió el apodo de “King of the North” (“el rey del norte”). No es poca cosa en un país profundamente centralizado en Londres, que pese a los esfuerzos, no ha logrado distribuir más oportunidades y dinamismo económico al resto de Inglaterra, principalmente.
Antes de llegar a Manchester, Burnham había sido diputado durante más de una década y ocupó varios ministerios en los gobiernos laboristas de Tony Blair y Gordon Brown, entre ellos Salud y Cultura. También compitió sin éxito por el liderazgo del Partido Laborista en 2010 y 2015, antes de reconstruir su carrera desde el gobierno local, según recuerda Associated Press.
En su primer discurso como primer ministro, reconoció el desgaste que atraviesa la política británica. “Mi generación de políticos tiene que elevar su nivel”, afirmó en su discurso inaugural. “No hemos sido lo suficientemente buenos y tenemos que hacerlo mejor”.
Su principal desafío será convencer a un electorado cansado de la inestabilidad. Desde el Brexit, el Reino Unido ha tenido como primeros ministros a David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak, Keir Starmer y ahora Burnham.

En ese mismo periodo, el Reino Unido ha atravesado las complejas negociaciones de salida de la Unión Europea, la pandemia, una crisis inflacionaria, el aumento del costo de la vida y una creciente fragmentación política —pronunciada, como en el resto de Europa, pero agravada por el relativo rezago económico—.
En su primera intervención desde Downing Street, Burnham prometió un plan nacional a diez años para elevar el nivel de vida, reducir la desigualdad territorial y devolver competencias a las regiones. También anunció que buscará acabar con la falta de vivienda extrema, reforzar los servicios públicos y presentar una estrategia económica de largo plazo antes de finalizar el año.
Analistas citados por Reuters consideran que Burnham deberá demostrar rápidamente que representa algo más que un cambio de liderazgo dentro del Partido Laborista y que puede frenar el avance del partido populista Reform UK, que ha capitalizado el descontento de una parte del electorado.
“Tras haber permanecido nueve años fuera de la política de Westminster, Burnham no está vinculado a ninguna agenda preconcebida”, considera el analista de política urbanística Alex Nurse. “Ese lienzo en blanco representa tanto una fortaleza como un riesgo, aunque ha afirmado que no tiene previsto modificar las reglas fiscales del Gobierno“, escribió en un artículo publicado a finales de mayo, cuando se rumoraba del eventual paso de mando de Starmer a Burnham.
Ya desde enero, cuando el perfil de Burnham ascendía, algunos comentaristas recalcaban sus diferencias con el atropellado gobierno de Starmer, que empezó con una popularidad inédita que pronto colapsó.
Michael Chessum escribía en The London Review of Books que “para el establishment de centroizquierda, representa una alternativa tanto a la ortodoxia de los mercados financieros y la estrategia de acercamiento a Reform UK impulsadas por Keir Starmer, como al centrismo firme de Emmanuel Macron [Francia] o a la dura política antimigratoria de Mette Frederiksen [Dinamarca]“.
“Su discurso es más claro en la necesidad de romper con el neoliberalismo y muestra una mayor apertura hacia las corrientes situadas a su izquierda”, decía Chessum, y lo comparaba con la centroizquierda ibérica.
¿Cuál será el resultado de este acercamiento popular en Manchester al gobierno de todo el Reino Unido? Lo único claro es que todo puede cambiar en cuestión de días y semanas, como le tocó a Liz Truss, y que ni el voto masivo a su favor lo defendería de críticas, como a Starmer.

