Varsovia. Vladimir Putin, en el poder en Rusia desde hace un cuarto de siglo, se presenta a las elecciones presidenciales como un caudillo autoritario en medio de la invasión de Ucrania, la represión en su país y la confrontación con Occidente.
El líder ruso, que reformó la Constitución en 2020 para extender su permanencia en el poder hasta 2036, tiene asegurada su reelección para un quinto mandato de seis años en los comicios del 15 al 17 de marzo. Ya ejerció dos mandatos de cuatro años y dos de seis, con un período intermedio como primer ministro.
La estructura vertical de poder instaurada por Putin, proveniente de la KGB soviética y que llegó al Kremlin el 31 de diciembre de 1999, destaca dos características de su régimen.
La primera es su constante endurecimiento, desde el control de los oligarcas hasta la segunda guerra en Chechenia, pasando por la asfixia de las libertades públicas, la prensa y la oposición. Su opositor más célebre, Alexéi Navalni, falleció en febrero en circunstancias poco claras en una prisión en el Ártico donde cumplía una larga condena por “extremismo”.
La segunda característica es la búsqueda de poder geopolítico, evidente en la guerra en Georgia (2008), la anexión de la Crimea ucraniana (2014), la intervención militar en Siria (2015) y la invasión de Ucrania (2022). A pesar de las expectativas de Europa, especialmente de la Alemania de Angela Merkel, de canalizar sus ambiciones mediante una interdependencia económica con compras masivas de gas ruso, fue en vano.

‘Nuevo mundo’
A sus 71 años, Putin parece indestructible.
A pesar de las derrotas humillantes de su ejército en la guerra en Ucrania, persiste en su empeño, buscando una victoria por desgaste gracias al agotamiento de los aliados occidentales y la población ucraniana.
Dos años después del inicio del ataque, sus soldados, en la ofensiva, tomaron la ciudad oriental de Avdiivka y avanzan sobre las fuerzas ucranianas desprovistas de municiones y soldados suficientes. Putin afirmó a fines de febrero que sus soldados no retrocederán en Ucrania.
Desde el inicio de la ofensiva, acusó a Ucrania de nazismo, reivindicó sus territorios y afirmó que Estados Unidos había orquestado el conflicto. Desde entonces, cualquier oposición a la invasión se castiga con la cárcel.
Miles de rusos fueron acosados, procesados, encarcelados o forzados al exilio. Poco importan las sanciones occidentales o la orden de arresto de la Corte Penal Internacional contra él por la deportación de niños ucranianos. El presidente ruso tiene una misión: poner fin a la hegemonía occidental. En octubre, anunció tener como “tarea construir un mundo nuevo”.
En confianza
Sin embargo, este exagente de la KGB, destinado en Alemania Oriental en los años 1980, aún resiente la desintegración de la Unión Soviética y el desenlace de la Guerra Fría. Putin puede hacer alarde de su cercanía con China, de la sed de hidrocarburos de Asia y de los países africanos que recurren a Moscú y a sus grupos paramilitares para contrarrestar el “neocolonialismo” occidental.
El líder ruso tiene otra obsesión: para él, Rusia es el exponente de los valores “tradicionales” frente a lo que considera la “decadencia” moral de Occidente y su tolerancia con la población LGTB.
Con el fracaso de la contraofensiva ucraniana en el verano de 2023, Putin se siente más libre, frente a unas potencias occidentales divididas sobre la ayuda para Ucrania. La economía rusa en general absorbió el impacto de las sanciones occidentales, a pesar de la inflación y la dependencia de la producción militar.
Pero, por poderoso que sea, el presidente enfrenta grandes desafíos. La victoria en el conflicto en Ucrania está lejos, y la capacidad de los rusos, las élites y la economía para resistir a largo plazo sigue siendo una incógnita. El motín en junio de 2023 de los mercenarios de Wagner, dirigidos por su exaliado Yevgueni Prigozhin, fue un ejemplo de ello.
La muerte de la cúpula rebelde en un choque de avión presentado como un accidente permitió al Kremlin cerrar ese capítulo.

Represión
En el ámbito de la política interna, el Kremlin no tolera más opositores. Algunos fallecieron, como Navalni o Boris Nemtsov, asesinado en 2015, y muchos más, disidentes anónimos, están entre rejas por denunciar la invasión de Ucrania. No obstante, para la mayoría de la población, Putin sigue siendo el que devolvió el honor a una Rusia azotada por la miseria, la corrupción y el declive alcohólico de Boris Yeltsin.
Cuando llegó al Kremlin con 47 años, prometió mantener un buen trato con los países occidentales y desarrollar la economía, aprovechando los precios favorables de los hidrocarburos.
El presidente estadounidense George W. Bush lo calificó de “alguien notable”, el alemán Gerhard Schröder y el italiano Silvio Berlusconi eran sus amigos, a pesar de la represión impuesta y los abusos en Chechenia. Sin embargo, las bases del divorcio con Occidente ya estaban presentes.
Putin las concretizó en 2007 en Múnich, en un virulento discurso contra los dirigentes occidentales. Acusó a la OTAN de amenazar a Rusia y reprochó a Estados Unidos ser el “único soberano” del mundo, argumentos que ha vuelto a utilizar para justificar la invasión de Ucrania.
