Este miércoles, Sarah Mullally marcó la historia de la Iglesia Anglicana, con 100 millones de fieles en el mundo, al convertirse en la primera arzobispa de Canterbury en 1400 años y líder espiritual de la fe anglicana.
Su llegada al cargo no extuvo exenta de tensiones por temas doctrinales en torno al rol de las mujeres y la diversidad sexual, así como por cuestionamientos a la institución tras escándalos de abusos (como el que tumbó a su predecesor) y una sostenida caída en la asistencia a las iglesias en Reino Unido.
Muchas de las críticas provienen de sectores africanos de la Iglesia Anglicana; es allí, en África, donde surge la mayoría de nuevos fieles, por lo que la situación preocupa a los observadores y a los fieles más conservadores.
Durante su ceremonia de instalación en la Catedral de Canterbury, Mullally centró su primer sermón en una cita del Evangelio de Lucas: “Porque nada hay imposible para Dios” (Lucas 1:37).
A partir de ese pasaje, construyó un mensaje enfocado en la fe frente a la incertidumbre y en la idea de la Iglesia como una comunidad en camino. “Aunque sigamos un camino, el destino no siempre es claro, pero podemos confiar en la guía de Dios”, afirmó, aludiendo a su reciente peregrinación desde la Catedral de St. Paul’s, en Londres, hasta Canterbury, en Kent.

Tradición y fe
La nueva arzobispa vinculó ese peregrinaje con la tradición histórica de la Iglesia. Enrique VIII prohibió la peregrinación cuando se dio el cisma de la Iglesia Anglicana, hace 488 años, pero la tradición del “Camino de Becket” continúa, en honor a Thomas Becket, santo y mártir.
“Somos un pueblo peregrino”, señaló, en una línea que atravesó todo el sermón y que apunta a reforzar la dimensión colectiva de la fe anglicana.
Mullally mencionó a comunidades afectadas por conflictos en Medio Oriente, Ucrania, Sudán y Myanmar, y llamó a mantener oraciones constantes por la paz.
En paralelo, abordó problemáticas internas de la Iglesia, al reconocer el “dolor” de personas afectadas por acciones u omisiones dentro de comunidades cristianas, y subrayó la necesidad de avanzar en “verdad, compasión, justicia y acción”.
Mullally pidió “una Iglesia para toda la nación y para el mundo, que busca formas de unirse con personas de todas las creencias y también con quienes no profesan ninguna, en actos de servicio que transformen; una Iglesia que se extiende por todo el mundo, junto a nuestras iglesias hermanas en la Comunión Anglicana, como parte de la única Iglesia santa, católica y apostólica, para encarnar el amor de Cristo”.

“Dios obra en la buena nueva del Evangelio y en los corazones y las vidas de personas comunes que, como María, tienen la audacia de creer que con Dios podemos hacer cosas extraordinarias”, continuó.
“Para mí, esta confianza y esperanza en Dios comenzaron cuando entregué mi vida a Jesús. Y Dios ha estado conmigo en cada paso de mi camino de peregrinación, y confío en que ahora camina conmigo”, dijo al iniciar su ministerio.
El sermón concluyó con una referencia directa a la figura de María y su respuesta al llamado divino, justo ayer, 25 de marzo, Día de la Anunciación. Mullally retomó esa frase como declaración personal: “Aquí estoy”.

En Costa Rica, la comunión anglicana se reúne en la Iglesia Episcopal Costarricense, con 17 congregaciones en Limón, San José, Alajuela y Heredia. La mayor presencia de la fe se ubica en Limón, punto de llegada de esta comunidad.
“La Comunión Anglicana, como su nombre sugiere, tiene sus raíces en Inglaterra, en la diócesis de Canterbury y, como tal, el principal líder ceremonial y el primero entre los Obispos es el Arzobispo de Canterbury. Esta principalidad no implica autoridad, cada Iglesia miembro de la Comunión es autónoma”, explica el sitio web de la Iglesia en Costa Rica.
