
Como casi todos los países del mundo, Canadá ha ido acercándose a una polarización política ácida, donde las partes no parecen encontrarse. Al menos, no hasta que el presidente estadounidense Donald Trump entró en escena.
Este jueves, de visita en Nueva York, le preguntaron a Pierre Polievre, duro crítico del anterior gobierno liberal de Justin Trudeau, qué pensaba del manejo de la disputa comercial por parte del primer ministro Mark Carney, también liberal. “No voy a criticar a mi primer ministro en tierra extranjera”, dijo el líder conservador.
Dicha unidad política en Canadá ha sido una de las consecuencias más notorias de la debacle comercial de los meses recientes. La relación comercial entre Estados Unidos y Canadá entró en una fase inédita desde el regreso de Trump a la Casa Blanca.
Lo que comenzó en 2025 como una amenaza arancelaria ligada por Washington al fentanilo y la seguridad fronteriza terminó convertido, 20 meses después, en una disputa sobre acceso a mercados, soberanía económica y el futuro del tratado comercial norteamericano.
¿Dónde comenzó la disputa?
- Febrero de 2025: Trump anunció aranceles de 25% a las importaciones canadienses (10% para el petróleo) y los justificó principalmente por el tráfico de fentanilo y la inmigración irregular. Canadá respondió con una represalia de 25% sobre productos estadounidenses por unos $112.000 millones. The Guardian describió entonces el choque como el “comienzo de una guerra comercial con uno de los principales socios de Washington”.
- Las medidas fueron suspendidas parcialmente después de compromisos canadienses sobre seguridad fronteriza, pero el conflicto no desapareció. Washington aplicó después nuevos gravámenes al acero, aluminio y vehículos.
- Canadá llevó varios de esos casos al mecanismo de solución de controversias del USMCA (Agreement between the United States of America, the United Mexican States, and Canada), el tratado que sustituyó al anterior tratado norteamericano a partir de 2020. El gobierno Ottawa presentó, entre otros, reclamaciones por los aranceles al acero y aluminio y por los impuestos estadounidenses a automóviles y autopartes, según recuentos oficiales.

¿Por qué se agravó en 2026?
Pese a haber renegociado el tratado de libre comercio en su primer periodo, como es bien sabido, todo cambió en el segundo periodo de Trump con respecto a las relaciones internacionales.
El presidente estadounidense empezó a cuestionar el equilibrio comercial con Canadá y a presionar en sectores como automóviles, lácteos y aluminio. Al mismo tiempo, sus reiteradas referencias a convertir a Canadá en el estado 51 de EE. UU. añadieron una dimensión política a una disputa que hasta entonces se había presentado como exclusivamente económica.
Con Mark Carney como primer ministro desde marzo de 2025, Ottawa adoptó una posición más orientada a reducir la dependencia estadounidense. Alrededor del 70% de las exportaciones canadienses tienen como destino Estados Unidos. No en vano, Carney ha estado buscando acercamientos comerciales más estrechos con China y la Unión Europea, principalmente, algo que tampoco sienta bien a Trump.
En julio de este año, Trump anunció un arancel de 50% sobre buena parte de los productos canadienses, incluidos bienes anteriormente protegidos por el USMCA. La medida entró en vigor el 22 de agosto, después de que las negociaciones fracasaran. Dicha media afectó productos canadienses valorados en unos $20.000 millones, equivalentes al 5,5% de las exportaciones de Canadá hacia EE. UU.
Las negociaciones se deterioraron después de que Canadá rechazara condiciones planteadas por Washington y una disputa relacionada con un anuncio publicitario de Ontario que utilizaba declaraciones de Ronald Reagan contra los aranceles.
Es difícil explicar el asunto en términos meramente comerciales. Por ejemplo, uno de los asuntos destacados por Carney fue la presión estadounidense, a última hora, por reducir o eliminar los requisitos de lengua francesa en productos importados a Canadá. El francés es la lengua de Québec y el asunto tiene connotaciones políticas internas muy fuertes. Ceder sería suicidio político.
Asimismo, otro aspecto en disputa, según el periódico canadiense The Globe and Mail, fue la solicitud de que EE. UU. aprobara convenios y contratos de manejo de puertos canadiense, otra solicitud políticamente inviable.

¿Dónde está la disputa ahora?
- Tras el colapso de las negociaciones, Trump empezó a dirigirse a empresas canadienses específicas, aparte de sus publicaciones refiriéndose a Canadá (y a México) como territorio estadounidense y a sus vecinos del norte como el “estado 51″.
- Por ejemplo, Trump llamó a limitar las compras a Bombardier, fabricante canadiense de aviones. Financial Times informó que Canadá respondió con sus propios aranceles por unos $20.000 millones y que Carney mantenía abierta la puerta al diálogo.
- Canadá respondió el 8 de setiembre con aranceles de 15%, 25% y 50% sobre productos estadounidenses por unos $19.900 millones, incluidos acero, lácteos, electrodomésticos, equipo agrícola, papel y electrónicos.
- Por parte del gobierno estadounidense también se anunciaron cambios. Desde el 29 de setiembre entrarán en vigor prohibiciones sobre determinadas importaciones canadienses de lácteos, motocicletas y bebidas alcohólicas, además de restricciones para empresas canadienses en contratos del Gobierno estadounidense, según detalló el Financial Times. Según The Globe and Mail, en una nota de este 11 de setiembre, Carney no considera que estas medidas ameritan respuesta aún.
- Las negociaciones están prácticamente congeladas. The Guardian informó esta semana que Ottawa y Washington no habían reanudado las conversaciones después del fracaso de agosto, aunque Carney sí dijo que mantenía contacto telefónico con Trump, según AFP.

¿Qué está en juego?
Estados Unidos y Canadá tienen cadenas productivas profundamente integradas, particularmente en automóviles, energía, metales y alimentos.
La propia industria estadounidense depende de insumos canadienses: Alcoa, por ejemplo, produce unas 900.000 toneladas de aluminio al año en Canadá y, según Reuters, paga más de $1.000 millones en aranceles para llevar ese metal a Estados Unidos. Asimismo, las refinerías estadounidenses dependen de 4 millones de barriles de petróleo diarios de Canadá, así como sus agricultores requieren fertilizante —suministro que escasea tras el cierre intermitente del estrecho de Ormuz—.
Carney resumió el cambio de época con una frase: “Uno está en guerra cuando es atacado. Nosotros fuimos atacados”, dijo al anunciar la represalia canadiense en agosto. La posición de Washington es la contraria.
El secretario de Transporte, Sean Duffy, sostuvo que Canadá sería “insensato” si creyera que puede ganar una guerra comercial contra Estados Unidos y advirtió que las consecuencias serían “devastadoras” para su vecino.
Para la mayoría de observadores, tal lenguaje es incongruente con una relación comercial y política tan estrecha como la que han mantenido históricamente Canadá y Estados Unidos. Hablar de guerra, o sugerir incluso términos militares como hizo Duffy, se alejan de los acuerdos conjuntos que por décadas han regulado las relaciones entre los vecinos norteamericanos.
El desenlace dependerá ahora de si ambos gobiernos consiguen volver a negociar antes de que los nuevos aranceles se incorporen de manera más permanente a las cadenas de suministro, ya golpeadas por la prolongada guerra en Irán. Pero el deterioro de la confianza, el valor máximo de cualquier acuerdo comercial, podría tomar años en revertirse.

“El primer ministro Carney y Canadá se han convertido en símbolos de resistencia contra él”, dijo el historiador canadiense Robert Bothwell a Associated Press.
“Y lo que querrá hacer es poner a Carney y a Canadá como ejemplo y, en teoría, aterrorizar a todos los demás, cuando en realidad les está demostrando que necesitan alejarse todavía más de Estados Unidos”, argumentó el académico.
Sin embargo, siempre existe la opción de que una de las partes retroceda. Incluso Estados Unidos. Este miércoles, el principal consejero de comercio exterior de Trump, Jamieson Greer, quiso bajarle el tono a la disputa comercial.
“El primer ministro Carney utilizó el término ‘guerra’. No es una palabra que nosotros usemos, ¿verdad? No hablamos de esto de esa manera. Para nosotros, es un asunto de negocios, es economía”, dijo al pódcast FT News Briefing.
El término de guerra, claro, vino primero del secretario de Transporte de Trump, Sean Duffy. “Es un país que no tiene ejército”, afirmó Duffy en Fox News Sunday a finales de agosto.
“Y pensar que van a ir a la guerra con Donald Trump y que realmente van a ganar esa guerra contra Estados Unidos, creo que es una insensatez de su parte”, agregó.
Guerra o no, las consecuencias podrían ser desastrosas para ambas partes.

