Pero un brote de asesinatos a plena luz del día, en medio de la batalla del cartel local para repeler a una banda invasora del norte, ha sumergido a casi todo el oriental estado de Veracruz en la brutal guerra de las drogas que se extiende por México.
Durante años los sicarios mantuvieron sus crímenes lejos de la luz pública, pero ahora son mucho más osados y actúan en calles transitadas, abandonan cabezas decapitadas y descaradamente tirotean a militares y a policías.
La violencia se ha extendido desde la industrial ciudad de Monterrey al balneario de Acapulco y más allá. En poblados como Juchitán, en la costa del Pacífico, acaudaladas familias huyen de la ola de secuestros desatada por el narco.
Más policías. El presidente Felipe Calderón ha desplegado a miles de soldados y policías para contener la violencia, pero expertos creen que podría ser insuficiente para detener a peligrosos grupos como los “Zetas” del cartel del Golfo, un grupo de exmilitares de élite fuertemente armados.
Los “Zetas”, dijo un experto en el tema de las drogas del Gobierno veracruzano, “son profesionales (...) su infraestructura es más poderosa que la de la policía. Las autoridades no tienen los recursos para hacerles frente”.
El funcionario, quien requirió el anonimato, añadió que “más que terminar, yo creo que (esto) apenas comienza”.
El mayor brote de violencia comenzó en el 2005 y se ha mantenido estable. En lo que va del año ha dejado unos 1,400 muertos, incluyendo a policías y unos 20 soldados.
Una única batalla en un pueblo minero del norte dejó más de 20 muertos.
México es la principal ruta para el tráfico de drogas desde Sudamérica hacia Estados Unidos.