
Seúl. Después de años de tensión por las pruebas de misiles y ensayos nucleares de Pionyang, que dejan al territorio continental estadounidense al alcance de las ojivas norcoreanas, Kim Jong-un anunció que el largo camino hacia la bomba atómica había concluido.
Fue por partes. Primero aprovechó la mano tendida por el presidente surcoreano, Moon Jae-in, favorable al diálogo, en un contexto idóneo, a un mes de los Juegos Olímpicos que Seúl vendía como los “de la paz”.
Después visitó a las autoridades chinas, algo que no se había molestado en hacer desde su llegada al poder a finales de 2011.
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Le siguió un histórico encuentro con el presidente Moon a finales de abril. Y ahora se dispone a reunirse con Donald Trump, el próximo martes en Singapur.
“Era premeditado”, afirma Kim Hyun-wook, profesor de la academia diplomática nacional de Seúl. “Kim sabía que empezar a restablecer los vínculos intercoreanos abriría la vía a negociaciones con Estados Unidos y alcanzaría a China”.
Buena voluntad
Después de las amenazas norcoreanas de apocalipsis nuclear y los insultos a Donald Trump, Kim Jong-un optó por comportarse como un hombre de Estado refinado, amable y a la escucha de sus interlocutores, durante su encuentro con Moon y con el presidente chino Xi Jinping.
Al mismo tiempo ha multiplicado los gestos de buena voluntad, como la liberación de prisioneros estadounidenses, el desmantelamiento de su centro de ensayos nucleares o la moratoria en el lanzamiento de misiles, lo que no dudará en recordar en el caso de que la diplomacia fracase.
El líder norcoreano mostró cierto talento para “poner unos actores regionales contra los otros”, observa Jung Pak, una exempleada de la CIA que ahora trabaja como investigadora de Brookings Institution. Y él “ve a Pekín como un contrapeso clave y probablemente como una póliza de seguro, frente a Estados Unidos”, añade.

Una evolución radical para un dirigente que en seis años no salió de Corea del Norte ni se reunió con un jefe de Estado extranjero. Últimamente, además de reunirse con Moon y Xi, envió a emisarios a Washington, una ciudad que antes prometía convertir en cenizas.
Respecto a Pekín, su enfoque es “un ejemplo clásico de diplomacia equilibrada”, según Koo Kab-woo, profesor de la universidad de estudios norcoreanos de Seúl.
Donald Trump fue, quizá, sin saberlo, quien permitió al líder norcoreano hacer alarde de su talante diplomático.
La cumbre de Singapur es fruto de la espontaneidad del presidente estadounidense, quien, sin consultar con sus asesores, aceptó la invitación norcoreana cursada a través de Seúl.
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Cuando Donald Trump anuló por carta el encuentro, Moon y Kim se reunieron para su segundo cara a cara en unas semanas. Y Donald Trump acabó anulando la anulación.
“Kim se beneficia de una conjunción perfecta”, estima Koo. “Habría sido imposible si no hubiera al mismo tiempo Moon Jae-in, Donald Trump y Kim Jong Un”.
Nada permite pensar que se vaya a solucionar el dosier nuclear, debido a las divergencias entre Washington y Pionyang sobre la desnuclearización.
Según los expertos, la estrategia diplomática norcoreana también va destinada a evitar la reanudación de la campaña estadounidense de presiones contra Pionyang, en el caso de que la reunión de Singapur no transcurra como espera.
Si la cumbre fracasara, Kim Jong-un proseguiría probablemente su ofensiva de seducción en vez de reanudar los ensayos de misiles, estima Go Myong-hyun, experto del instituto Asan de estudios políticos.