China es el principal productor mundial de tierras raras, utilizadas para fabricar imanes esenciales para las industrias automotriz, electrónica y de defensa. Sin embargo, a inicio de abril, Pekín impuso licencias de exportación para estos materiales estratégicos, una decisión percibida como medida de represalia frente a los aranceles estadounidenses.
Pekín y Washington se embarcaron entonces en una auténtica guerra comercial, respondiendo cada uno a los aumentos de aranceles del otro, hasta alcanzar cifras de tres dígitos de ambos lados.
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Desde entonces, las negociaciones entre las dos primeras potencias mundiales han permitido reducir las tensiones y el gobierno chino se ha comprometido a acelerar la concesión de licencias a una serie de empresas estadounidenses.
“Creo que tenemos una relación estupenda con China, he hablado recientemente con el presidente Xi (Jinping) y, en algún momento del año, deberíamos visitar China”, afirmó Trump. El mandatario estadounidense añadió: “Tienen algunas cartas. Nosotros tenemos cartas increíbles, pero no quiero jugarlas. Si las jugara, destruiría a China”.
Representantes estadounidenses y chinos se han reunido en tres ocasiones en los últimos meses con el fin de resolver una serie de cuestiones relativas a sus relaciones comerciales.
Tras esas reuniones, ambos países llegaron a un acuerdo, reduciendo temporalmente los aranceles al 30% por parte de Estados Unidos y al 10% por parte de China. El acuerdo tenía vigencia por un periodo de 90 días, que ya se ha prorrogado por segunda vez hasta el próximo noviembre.
Washington, por su parte, ya ha mostrado cierto descontento, acusando a China de frenar deliberadamente el proceso de concesión de licencias para la exportación de tierras raras.