
“El virus (el SARS-CoV-2, causante de la covid-19) emergió en un ecosistema de información que ayuda a que la desinformación y las mentiras viajen más rápido que la evidencia científica. Eso debilita nuestra habilidad para responder a esa amenaza. Eso ha hecho a la pandemia mucho peor”.
Este texto proviene de la más reciente edición de la revista Science. Ilustra lo que para dicha publicación es el fiasco científico de 2020.
Cada año, esta revista nombra el considerado Hito Científico del Año, que este 2020 recayó en las vacunas contra la covid-19. A su vez, la publicación determina el fiasco del año, que esta vez correspondió a la “pandemia de la desinformación” sobre la pandemia de covid-19.
En este 2020 el conocimiento científico comenzó a ir a paso muy rápido. Se supo de un nuevo virus y en cuestión de días ya se tenía su genoma (secuencia genética completa) y en pocos días ya se tenía el primer método diagnóstico. Las primeras vacunas comenzaron a estudiarse en marzo.
“Con esa aceleración (del conocimiento) vinieron accidentes. Portales de manuscritos (investigaciones que todavía no habían sido sometidas a una revisión rigurosa para determinar su evidencia) como biRxiv y medRxiv se convirtieron en plataformas para compartir información de forma rápida, pero ocasionalmente diseminaron desinformación igual de rápido. Trabajos que sugerían que el SARS-CoV-2 fue creado en laboratorio o que vino de las serpientes encontraron una plataforma que no merecían, y mucha cobertura en los medios de comunicación”, cita el artículo de Science.
En otros casos, los datos se le dieron directamente a la prensa, sin pasar la revisión rigurosa que los artículos científicos llevan antes de su publicación.
“Es también una pandemia de comunicados de prensa”, dijo en una conferencia de prensa Maria Van Kerkhove, jefa técnica de covid-19 de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
De hecho, la OMS declaró que el exceso de desinformación (también llamado “infodemia”) era una de las principales amenazas a la salud e incluso podría ser (en algunos aspectos) más peligroso que el mismo virus.
En Costa Rica
Nuestro país no escapa de la epidemia de desinformación sobre covid-19. Y esta se ve en chats de WhatsApp, listas de Telegram, páginas de Facebook y hasta en conversaciones familiares.
Esto ha traído más trabajo a quienes se encargan de desmentir las informaciones falsas.
El año no ha cerrado y el proyecto #NoComaCuento de La Nación ha hecho cerca de 280 verificaciones de datos. Esto significa unas cinco o seis por semana. Los años anteriores el año completo cerraba cerca de 210 chequeos de información.
“Nos ha obligado a un viraje a los chequeadores. #NoComaCuento antes estaba más concentrado hacia temas políticos, pero nos hemos tenido que convertir en chequeadores de periodismo científico. Ese fue el core de lo que tuvimos que trabajar. El chequeo ha tenido que moverse a estar de la mano con el periodismo científico”, señaló Gustavo Arias, coordinador de #NoComaCuento.
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Daños causados por voces consideradas creíbles
Según Science, un ecosistema que pone al mismo nivel mentiras simples con verdades complejas es muy dañino para un público general que no necesariamente conoce cómo funciona el método científico.
“Las teorías de conspiración florecieron. Personas quemaron torres de telefonía celular, pues las culparon de la pandemia. Otras grabaron dentro de hospitales para decir que estaban vacíos. Que todo estaba planeado. Que todo era mentira. O tal vez, ambas”, indica la revista.
Esto ocasionó que, aun cuando morían cientos de miles de personas, hay quienes minimizan el problema o lo se resisten a creer su existencia, sin importar lo que digan los expertos.
Pero había un problema mayor. Hubo científicos, o más bien, personas con títulos en ciencias que contribuyeron (y siguen contribuyendo) con la confusión.
Science destaca al microbiólogo francés Didier Raoult, que promocionó la hidroxicloroquina basándose en un estudio con pocos participantes y sin grupo de control.
O el estadístico de la Universidad de Stanford John Ionannidis, que sugirió en sus estudios que el virus no era tan letal, pero sus colegas indicaron que el estudio no era riguroso.
O científicos de renombre que apostaron por adquirir la inmunidad rebaño de manera natural, algo que muchos epidemiólogos y especialistas en salud pública advirtieron como engañosa y peligrosa.
Y esto, desgraciadamente, ha sido caldo de cultivo para aún mayor desinformación y para que las personas crean postulados que no tienen evidencia científica y desoigan los que sí la tienen.
“Es algo que hemos visto en las luchas contra el cambio climático o la intromisión de las tabacaleras: crear justo tanta confusión hacia la evidencia que las personas ya no sepan ni qué creer y escojan según sus sesgos”, concluyó la publicación.
