Suretka, Talamanca. Dieciocho adolescentes estadounidenses, quienes perdieron a uno de sus padres en los ataques terroristas del 11 de setiembre del 2001, visitaron esta semana la comunidad indígena de Suretka, en Talamanca, Limón.
Llegaron allí con el propósito de ayudar a más de 200 niños de la comunidad, pero también con la intención de ayudarse a sí mismos a superar su propios traumas y sanar sus sufrimientos.
Esta actividad, promovida por la organización Tuesday’s Children , busca inculcarle a estos jóvenes que el ayudar a otras personas es la mejor terapia para estar bien y sanarse emocionalmente. Los jóvenes estadounidenses trabajaron más de seis horas por día, desde el pasado miércoles hasta ayer. Durante ese tiempo ellos pintaron la escuela de la comunidad, sembraron una huerta y enseñaron las primeras palabras en inglés a los niños bribris.
Los niños de Talamanca no hablaban inglés y los estadounidenses o sikuas –que significa blancos en bribri– no hablaban español. Por eso, todos los días la jornada fue una seguidilla de risas nerviosas, señas y abrazos.
El juego de ponerse en cuclillas y levantarse al compás de las palabras “enano” y “gigante”, al igual que la diversión de esconderse por toda la escuela, fueron las mejores herramientas para comunicarse.
“Ellos nos enseñaron inglés, por ejemplo a decir My name is... Nosotros también les enseñamos que en bribri se dice Je kiek . También les enseñamos a hablar español porque ellos no saben”, explicó orgullosa la costarricense Karla Páez, de 12 años.
“Hace mucho que no veía a los niños tan emocionados por venir a la escuela”, dijo Patricia Delgado, maestra de cultura indígena.
“Nosotros vinimos y tratamos de ayudarles a los niños de aquí y ellos nos ayudaron a sentirnos útiles. Resultó muy divertido conectarse con ellos, a pesar de la barrera idiomática”, manifestó Kevin McAvoy, de 17 años de edad.
Traumas por superar. “Cuando uno viene aquí y ve a estos niños indígenas tan dulces, se da cuenta de que en el mundo hay mucha gente que necesita ayuda y entiende que esta es nuestra oportunidad de ayudar como se nos ayudó a nosotros tras los atentados”, dijo Caroline Iskyan, de 15 años.
“Mi padre trabajó en uno de los pisos más altos de la primera torre cuando se estrelló el avión. Él no pudo escapar porque su piso estaba por encima de donde el avión atravesó el edificio: murió asfixiado por el humo. Su cuerpo fue el número 34 que se encontró tras el atentado. ¡Fue muy difícil y aún lo recuerdo!”, expresó.
Por su parte, Julianne Farrelly, de 17 años, reveló que su papá también murió como bombero de Nueva York. “Venir a ayudar aquí no mejora mi calidad de vida porque ya tengo una excelente vida, pero sí me recuerda que hay otras personas que no tienen la misma suerte que yo tuve para seguir adelante a pesar de los problemas.
“Mi papá fue de los primeros en regresar de los rescates. Estaba en el lobby de una torre asegurándose que las personas habían salido y estaban bien. De pronto simplemente todo se cayó (...) Para mí fue difícil que muriera, pero la gente me apoyó mucho entonces y ahora me siento en deuda. Sé que es mi turno de hacer algo por los demás”, recalcó Farrelly.
“Estar en otro país experimentando otra cultura me hace sentir muy bien. Me hace crecer y madurar, abrir la mente al mundo y ver que no solo nosotros hemos sufrido. Aquí (Suretka) también hay necesidad, pero la gente es muy alegre y cálida. Nos han hecho sentir bienvenidos y estoy agradecido”, enfatizó Kevin McAvoy, de 17 años.
“Mi papá también era un bombero de la ciudad de Manhattan y lo que pasó fue abrumador.
“Mi familia sabía que él estaba allí, pero luego perdimos comunicación y nos ofuscamos muchísimo... Es muy difícil superar ese tipo de muerte, pero ayudar a otros le ayuda a uno también”, narró el joven.
Jeffrey Cangialosi, de 16 años, también perdió a su padre el 11 de setiembre. “Tras el atentado mucha gente trató de hacerme sentir mejor, pero lo que más me ayudó fue que la gente me dio esperanza. Me alegra poder compartir con esta comunidad indígena un poco de esa esperanza que a mí, la verdad, me salvó la vida”.
Cumpliendo una promesa. “Mucha gente piensa que como ya pasaron seis años, el atentado es algo que ya las familias superaron, pero no es así. Aún hay muchas víctimas”, expresó Jenniffer Betancur, líder del proyecto Mentoring Children de la organización.
Carmine Calzonetti, presidente de Tuesday’s Children, explicó que la promesa del proyecto es acompañar a los afectados por el atentado durante su crecimiento hasta los 18 años.
“Nuestro trabajo no es pagado por el Estado, sino por donaciones y contribuciones. Hacemos de todo. Venir aquí es una de las cosas que hacemos”, dijo Calzonetti.