Irene Rodríguez. 6 marzo
La vacuna contra el sarampión es parte del esquema básico de vacunación. Se aplica a los 18 meses y a los siete años. En Costa Rica, en este momento se está en una campaña extraordinaria para los menores de diez años. Fotos: Alexander Caravaca
La vacuna contra el sarampión es parte del esquema básico de vacunación. Se aplica a los 18 meses y a los siete años. En Costa Rica, en este momento se está en una campaña extraordinaria para los menores de diez años. Fotos: Alexander Caravaca

La vacuna contra sarampión, rubéola y paperas (SRP) no aumenta el riesgo de autismo, tampoco “activa” el autismo en niños susceptibles y no está asociada con “encapsular” un autismo que pueda liberarse años después de la vacunación.

Así de categóricas son las conclusiones del estudio científico que, hasta la fecha, se ha hecho con más personas y que diera seguimiento durante más tiempo.

Investigadores del Instituto Nacional de Salud en Dinamarca y de la Universidad de Stanford en Estados Unidos estudiaron a 657.461 daneses que nacieron entre 1999 y 2010 y los siguieron año tras año hasta el 2013. Los resultados de los análisis se publicaron este martes en la revista Annals of Internal Medicine.

“Los padres y madres no deben saltarse la vacunación por miedo al autismo. Los peligros de no vacunar incluyen la reaparición del sarampión, algo que ya estamos viendo”, señaló a la prensa Anders Hviid, coordinador de la investigación.

El análisis

Para llegar a estas conclusiones, los investigadores tomaron los registros de población de Dinamarca y los cruzaron con los de vacunación, diagnósticos de autismo, historia familiar de esta condición y factores de riesgo.

Durante los 14 años estudiados, 6.517 niños fueron diagnosticados con algún trastorno del espectro autista (TEA), dentro de los cuales el más común era el autismo, pero también estaba el asperger, o el autismo atípico.

Si se suman los años de seguimiento que se le dieron a cada persona son en total 5.025.754 (más de cinco millones) de “años persona”, una medida que se utiliza en epidemiología para ver el impacto de una enfermedad. Esos 6.517 casos representan un impacto de 129,7 casos por cada 100.000 años de personas.

Cuando se compararon las posibilidades de autismo entre los no vacunados y los vacunados más bien se vio que el 5% de los menores que no habían sido inoculados tenían un riesgo de este trastorno un 17% mayor que quienes sí habían sido vacunados.

Tampoco se mostró un riesgo mayor de TEA para quienes tenían algún hermano con algún trastorno de este tipo.

Cuando se analizó si la vacunación tenía algún peso sobre los los factores de riesgo para el desarrollo de autismo, se vio que esta inyección tampoco influía en estos aspectos. Dentro de los factores de riesgo que se estudiaron estaba la edad de la madre y del padre, fumado durante el embarazo, nacimiento prematuro, bajo peso al nacer, menor circunferencia de cintura y se verificó si hubo una calificación baja en la prueba Apgar hecha al nacer (examen rápido que se realiza al primer y quinto minuto después del nacimiento y ayuda al médico a decidir si el bebé necesita ayuda inmediata).

¿Por qué hay quienes asocian las vacunas con el autismo?

En febrero de 1998 un documento sin ningún sustento científico publicado en la revista médica The Lancet sugería un vínculo entre la vacuna SRP y el autismo.

Andrew Wakefield, un médico británico, afirmaba que 12 menores sufrieron ese padecimiento tras ser vacunados contra sarampión, rubéola y paperas. De acuerdo con el autor, el llamado “timerosal”, una sustancia conservante (con base en mercurio), era la que causaba estos padecimientos.

Esto hizo que miles de padres de familia dejaran de vacunar a sus hijos por miedo a estas secuelas. El sarampión comenzó a resurgir con brotes, primero en Inglaterra y luego en otros países europeos.

Sin embargo, investigaciones posteriores revelaron que tres de los niños participantes en ese primer análisis nunca tuvieron algún tipo de autismo, y que otros cinco de los analizados ya tenían retrasos en su desarrollo cognitivo antes de vacunarse.

Dichos análisis posteriores también subrayaron incongruencias y datos falsos en los expedientes de los pacientes “para hacerlos calzar con la hipótesis de Wakefield”. Además, “la mayoría de los niños participantes fue reclutado por campañas antivacunas”, cita un reporte publicado en el 2011 en la revista British Medical Journal.

En el 2010, la revista The Lancet se retractó del estudio y Wakefield perdió su licencia médica. No obstante, el daño a la salud pública ya estaba hecho, pues a la fecha hay agrupaciones antivacunas que se amparan en aquel texto de Wakefield.

La esperanza del reciente estudio danés en Annals of Internal Medicine es que este tipo de evidencia científica deseche estas creencias y las familias vuelvan a vacunar a sus hijos, para así contener los crecientes brotes de sarampión en el mundo.

Sarampión en el orbe

Datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) indican que, en el 2017 se dieron 110.000 muertes por sarampión en el orbe, la mayoría en niños menores de cinco años.

Además, de octubre del 2018 al 12 de febrero del 2019, se presentaron un total de 66.278 casos y 922 fallecimientos.

El 2018 fue un año con altos números. Solo a mediados del primer mes se dieron 229.000 casos, contra 170.000 del mismo período en el 2017.

“Nuestros datos muestran que hay un aumento substancial de casos de sarampión. Lo constatamos en todas las regiones. Observamos epidemias que se prolongan y se amplían”, señaló en febrero pasado Katherine O’Brien, la directora del departamento de vacunas y productos biológicos en la OMS.

La vacuna contra el sarampión es parte del esquema básico de vacunación en Costa Rica. Se aplica a los 18 meses y a los siete años. En este momento el país está en una campaña extraordinaria para los menores de diez años.