Michelle Soto. 1 julio, 2016

Tras cinco años de estudio, el proyecto de huertos de algas marinas ya está listo para escalar y empezar a producir con fines comerciales. Esta iniciativa busca beneficiar a las comunidades costeras y sería una alternativa alimentaria para el resto de la población.

La primera fase del proyecto se desarrolló entre el 2011 y el 2013, con el impulso de la Escuela de Ingeniería Agrícola de la Universidad de Costa Rica (UCR). El objetivo, en ese entonces, era conocer las cualidades de las algas como alimento humano y las posibilidades de cultivarlas en huertas marinas.

Con esa idea, se establecieron parcelas experimentales en Cahuita y Puerto Viejo, en el Caribe, así como en Costa de Pájaros y Cuajiniquil, en el Pacífico.

En total se analizaron 38 especies nativas (33 en el Caribe y siete en el Pacífico) con fines comestibles y otras 21 (17 en el Caribe y cinco del Pacífico) para ver si era posible cultivarlas. Vale aclarar que podían repetirse géneros tanto por zona geográfica como por fines.

Tras hacer estudios, los investigadores seleccionaron diez especies que tenían potencial para cultivo y consumo. Para conocer sus propiedades nutricionales, también efectuaron pruebas en laboratorio siguiendo los parámetros internacionales de la Association of Official Analytical Chemists (AOAC).

“Las algas tienen fibra (29,5%), son bajas en calorías (1,4%) y muy altas en proteína (9,8%). Poseen ácidos grasos de alto valor como omega 3 y 6. Además, son ricas en minerales como hierro y calcio, e incluso contienen vitaminas del complejo B12. Eso, en platillos donde el uso de macroalgas no exceda el 20%”, comentó Ricardo Radulovich, ingeniero agrícola y coordinador del proyecto.

Los resultados de esta primera etapa fueron publicados en la revista científica Aquaculture .

Los huertos marinos de algas miden entre 50 y 1.200 metros cuadrados. | CORTESÍA DE RICARDO RADULOVICH.
Los huertos marinos de algas miden entre 50 y 1.200 metros cuadrados. | CORTESÍA DE RICARDO RADULOVICH.

Proceso laborioso. Al principio de la primera fase, para construir los huertos, los investigadores utilizaron dos anclajes hechos con sacos de arena que colocaron a unos 30 metros de profundidad. Estos se sujetaban a una cuerda sumergida entre uno y 15 metros de donde colgaban botellas plásticas que servían de boyas.

¿Cómo se realiza la cosecha? La persona en bote, saca la cuerda del agua y quita el alga. Pueden cosecharse cada mes y algunas pueden producir 40 toneladas de biomasa por hectárea por año, según los investigadores.

La ventaja es que estas algas se reproducen a partir de clones, un trozo suyo ya genera un nuevo individuo.

tabla
Lo que sigue. La segunda fase de la investigación se encuentra frenada por falta de dinero.

“Nos faltan fondos para montar un sistema que permita a las comunidades productoras de algas asociarse con una empresa que las comercialice y así dejar lista la tecnología alimentaria”, comentó Radulovich.

El monto de la primera etapa fue de $100.000 (¢50,9 millones en ese momento), dinero que fue aportado por la Fundación de Bill y Melinda Gates.

Actualmente, las parcelas experimentales miden entre 50 y 1.200 metros cuadrados, pero la idea es escalarlas a 2.000 metros cuadrados.

“Ahorita estamos produciendo 100 toneladas de alga fresca. Eso serían unas 15 toneladas en peso fresco”, indicó Radulovich. Aunque en Costa Rica ya se consumen algas importadas, los investigadores creen que el país podría producirlas. “Queremos proponer una nueva forma de manejar el mar”, manifestó.

Para Radulovich, el aprovechamiento de estos organismos trae consigo una serie de beneficios económicos, sociales y ambientales.

El alga del género Agardhiella puede comerse previamente cocinada. | CORTESÍA DE RICARDO RADULOVICH.
El alga del género Agardhiella puede comerse previamente cocinada. | CORTESÍA DE RICARDO RADULOVICH.

Por ejemplo, remueven el exceso de nutrientes en el agua y proveen refugio a especies marinas, desde peces como cirujanos, loros, barracudas y tiburones hasta rayas y delfines.

Como complemento a los huertos marinos, el ingeniero cree que se pueden establecer áreas de pesca responsable donde solo se permita la captura con cuerda de mano y así los pescadores podrían percibir un ingreso adicional a lo generado por la producción de algas.

“Al ser organismos fotosintéticos, estos producen oxígeno y remueven dióxido de carbono, contribuyendo a la lucha contra el cambio climático”, agregó Radulovich como otro beneficio.

Con la iniciativa, también se aprovecharía el Sargassum (género de alga), que llega masivamente a las playas.