El nuevo premio Nacional de Cultura Popular sabe sonreír con las manos y también con los ojos. A sus 76 años, don Mario Hernández tiene una jovialidad envidiable y una precisión sin par al crear objetos de barro.
El hábito hace al maestro, y él tiene más de seis décadas en esto. Miles de piezas por todo el país y el mundo testimonian su vida.
Hernández es el ‘papá’ de miles de maceteros para violetas y flores que predominan en las casas costarricenses. Además, la taza de café con la que usted desayuna por las mañanas también podría ser una de sus creaciones.
Según este veterano del barro, él ha hecho un promedio de 100 piezas diarias desde que tenía 16 años. “Una que otra, ¿verdad?”, bromea con una sonrisa discreta.
“Todo empezó casi como coincidencia. Cuando tenía 12 años, mi padre llevó una muestra de la arcilla blanca, que halló en una propiedad suya en Haris de Mora, a una farmacia; allí, alguien le dijo que ese tipo de barro era muy especial para cerámica”, explica.
“Pronto nos encontramos vendiendo la arcilla. Meses después, papá y un salvadoreño pusieron el primer taller en Cinco Esquinas de Tibás. Mi papá tenía la arcilla, y don Beto Buendía (salvadoreño) la trabajaba; yo me apunté entusiasmado”, dijo el artista, el mayor de ocho hermanos.
Con práctica. Hernández reconoce que tuvo solo dos años para aprender del salvadoreño; luego, él se encargó de hacer la cerámica.
“Al principio me quedaban piezas muy feíllas, pero aún así nos las compraban, y poco a poco fuimos mejorando”, reconoce.
“Hacer piezas de cerámica es un arte, no un pasatiempo: se necesitan disciplina, conocimiento y concentración. Todo el mundo puede aprender, pero no es una tarea fácil de unas horas: se requieren tiempo y constancia”, asegura el alfarero.
Durante diez años, Hernández construyó maceteros para un proyecto de caridad de las Cedes Don Bosco; luego, cuando captó más clientela, empezó a hacer otras figuras, como platos. Estas son las piezas más difíciles de hacer pues se quiebran en el centro, explica.
En el año 1943, el taller se trasladó más cerca de la arcilla. Así, Santa Ana se convirtió en la sede de su tradicional quehacer.
Ante el fallecimiento de su padre, Sidoneo Hernández, don Mario decidió independizarse, pero mantuvo su taller de alfarería en la zona. Desde hace 45 años, este lugar sirve de taller y de escuela para nacionales y extranjeros.
“A Hernández, el Premio de Cultura Popular le reconoce una vida dedicada a la alfarería y su interés por fortalecerla y difundirla desde Santa Ana. No hay muchos sitios de alfarería como ese en el país”, manifestó León Santana, uno de los jurados.
“Soy feliz y me gusta lo que hago. Creo que el trabajo honra a las personas, y a mí no me disgusta tener barro en las manos”, concluye don Mario Hernández.