Los antiguos pobladores de lo que hoy es San Ramón no vivieron agrupados en aldeas ni en palenques enormes, conviviendo abuelos, primos, sobrinos, tíos y cuñados, tal como se creía que ocurrió en toda la Costa Rica de la época precolombina.
Cada indígena tuvo un área personal de unos 10 metros cuadrados –aproximadamente– y compartió el techo con una familia de no más de cinco individuos. Entre una casa y otra había hasta 600 metros de distancia.
Estos son los resultados preliminares de un estudio arqueológico en el que un equipo liderado por el experto costarricense Mauricio Murillo recorrió a pie 110 kilómetros cuadrados de San Ramón para buscar vestigios o restos de piezas indígenas allí.
Según el investigador, 1.384 restos de cerámica hasta de 2.000 años, hallados en este cantón alajuelense, confirman que los asentamientos humanos que allí estaban distribuidos en forma más bien dispersa, es decir, con pocas casas y sin jerarquía aparente.
Este es un comportamiento poco común que solo había sido identificado en Tilarán, provincia de Guanacaste. Tampoco coincide con lo que se conoce sobre los asentamientos en el resto de la región mesoamericana y el área andina. Esto parece indicar que nuestros indígenas tenían una cultura autóctona y evolucionaron diferentemente a otras sociedades precolombinas de América, pero aún no se comprende muy bien el porqué.
Esta disgregación de la comunidad indígena podría definir a los pobladores como “individualistas” o “independientes”, y ofrece pistas acerca de una sociedad aparentemente igualitaria y sin estratificación social.
Sin embargo, la distribución de sus casas de habitación podría explicarse también por un asunto meramente práctico.
En la zona estudiada hay una gran cantidad de ríos y el suelo –de formación reciente y origen volcánico– es predominantemente muy fértil. “Toda la tierra de la región era apta para cultivar y obtener agua sin mucho esfuerzo; por eso, los indígenas no tuvieron la necesidad de agruparse todos en ciertos sitios, como si ocurrió en otras comunidades del país”, afirmó Murillo, quien es estudiante de doctorado de la Universidad de Pittsburgh, Estados Unidos.
"Como en todo, hay que destacar que hubo excepciones y hay evidencia de pocas aldeas pequeñas y algunos palenques de mediano tamaño en los últimos períodos", agregó el arquéologo tico.
Los científicos encargados no excavaron en la tierra, debido a que utilizaron una metodología estadounidense que supone que, aunque un área arqueológica haya resultado saqueada, siempre permanecen restos de lo que allí había y con sus respectivas proporciones.
Hallazgos por edad. Entre los tiestos encontrados se hallaron cientos de fragmentos de cerámica e incluso una especie de cuchillo de piedra, que tendría más de 2.500 años.
En cada hectárea recorrida por los científicos se estudió e l material, textura y formas de cada pieza para estimar el período en que fue construida. De los 1.384 tiestos se identificaron 22 piezas que datan de los 1.000 años a. C. hasta los 300 a. C. Estas piezas indican que había unas 20 casas que se distanciaban entre sí hasta 900 metros.
Después, más de 330 piezas fabricadas entre los 300 años a. C. y los 300 d. C. evidencian que existió un incremento considerable de la población en la zona, con más de 100 asentamientos.
Se hallaron también 541 tiestos que datan de entre 300 años d. C. y 900. Estos indican que hubo un nuevo incremento de la población, pero que, aun así, los asentamientos fueron pequeños y dispersos.
Las piezas más recientes que fueron encontradas tienen entre 500 y 1.000 años (datan de entre 900 y 1.500 años d. C.). Estas indican que la población indígena fue disminuyendo considerablemente.