
Rastros fósiles de antiguos microrganismos hallados en el Alto Atlas Central, en Marruecos, revelan que formas de vida microbiana lograron adaptarse a ambientes de aguas profundas, una condición que contradice lo que la ciencia esperaba hasta ahora.
La región, hoy una de las zonas más elevadas de la cordillera que separa el mar Mediterráneo y el Sahara, formó parte de un océano durante el período Jurásico. Allí, científicos identificaron huellas de colonias microbianas que vivieron hace más de 180 millones de años, cuando el área permanecía sumergida.
El hallazgo resultó inesperado porque estas formaciones fósiles, conocidas como estructuras onduladas o rugosas, suelen desarrollarse casi exclusivamente en aguas poco profundas, donde bacterias fotosintéticas reciben luz solar suficiente.
Un estudio liderado por investigadores de la Universidad de Austin, en Estados Unidos, y publicado en diciembre en la revista científica Geology, detalla que los fósiles aparecieron dentro de turbiditos, depósitos creados por corrientes de turbidez. Estos sedimentos se encontraban a al menos 180 metros de profundidad al momento de su formación.
La profundidad implica que la luz no alcanzaba el fondo marino. Esta condición llevó a los científicos a replantear la naturaleza de los organismos responsables de estas huellas y a ampliar la búsqueda de las primeras formas de vida más allá de ambientes someros.
Los investigadores estudiaban arrecifes antiguos cercanos cuando detectaron las estructuras enrugadas en el Alto Atlas Central. El descubrimiento confirmó la existencia de tapetes microbianos en la zona y abrió nuevas preguntas sobre sus características biológicas.
La Sociedad Geológica de América explicó que este tipo de fósiles surge cuando comunidades de algas y microrganismos forman tapetes sobre lechos arenosos. En condiciones normales, estas rugosidades aparecen en zonas de marea baja, donde la luz permite la fotosíntesis.
Sin embargo, el contexto geológico del Alto Atlas Central mostró una situación distinta. La gran profundidad descarta la presencia de organismos dependientes de la luz solar. Esto sugiere que las algas y microrganismos involucrados no realizaban fotosíntesis.
Otro aspecto relevante es la rareza de estas estructuras en rocas con menos de 540 millones de años. La expansión de la vida animal en ese período generó una intensa actividad que suele destruir estas ondulaciones del suelo marino. Por esta razón, encontrar estos rastros en ese entorno resultó altamente inusual.
Los científicos plantean que los organismos responsables de las formaciones eran quimiosintéticos, capaces de obtener energía a partir de reacciones químicas y no de la luz solar.
Una de las hipótesis propone que deslizamientos submarinos arrastraron material orgánico hacia el fondo del océano. Ese material se descompuso y generó compuestos químicos que favorecieron el crecimiento de comunidades microbianas en aguas profundas.
Aunque aún no existen respuestas definitivas, los investigadores consideran que el hallazgo marca un avance importante. La evidencia respalda la necesidad de buscar estructuras microbianas antiguas en contextos más profundos de lo que se creía posible.
Explorar estos ambientes podría aportar nuevas claves sobre los primeros habitantes del planeta y sobre la capacidad de la vida para adaptarse a condiciones extremas.
*La creación de este contenido contó con la asistencia de inteligencia artificial. La fuente de esta información es de un medio del Grupo de Diarios América (GDA) y revisada por un editor para asegurar su precisión. El contenido no se generó automáticamente.
