Tras el descarrilamiento e incendio de un tren que transportaba productos químicos en East Palestine, Ohio, en 2023, los residentes de la zona quedaron expuestos a agentes cancerígenos como cloruro de vinilo, acroleína y dioxina.
Los tumores suelen desarrollarse con lentitud, y podrían pasar décadas antes de conocer los efectos que esto tuvo sobre el riesgo de cáncer de los lugareños, pero puede haber una vía más rápida para obtener una respuesta: los perros de los residentes también fueron expuestos a los químicos, y los perros desarrollan cáncer más rápidamente.
Estudiar a los perros y sus tumores resulta ser una forma de aprender sobre el cáncer en humanos. No solo perros y dueños comparten exposiciones a muchos de los mismos cancerígenos ambientales, los investigadores también aprenden que los cánceres se desarrollan por vías notablemente similares en ambas especies.
LEA MÁS: ¿Qué es el cáncer? ¿Cómo se desarrolla? Y, ¿por qué somos susceptibles a él?
El ritmo más rápido de los cánceres caninos también significa que pueden estudiarse y obtener resultados más rápidos que en los ensayos clínicos con humanos.
“Es como tener un organismo biocentinela que puede ayudarnos a informarnos sobre nuestras propias perspectivas médicas en los próximos 25 años”, afirma Matthew Breen, genetista de la Universidad Estatal de Carolina del Norte.
Perros a la vanguardia
El vínculo biomédico entre personas y perros no es nuevo; los veterinarios llevan mucho tiempo tratando a sus pacientes caninos con fármacos desarrollados para personas, y los médicos han confiado en los perros para probar terapias y procedimientos. Por ejemplo, las técnicas para tratar el osteosarcoma sin amputar el miembro al paciente se desarrollaron primero en perros.
Esto va más allá: los investigadores se están percatando de que los tumores caninos son tan parecidos a los humanos que los perros pueden ser el mejor punto de referencia para entender muchos de nuestros tumores.
Una de las similitudes más importantes entre los cánceres caninos y humanos es que surgen espontáneamente, como resultado de una lucha prolongada a nivel celular: a lo largo de los años, las células acumulan daños genéticos que desactivan los controles normales de la división celular, y los tumores emergentes desarrollan formas de evadir el sistema inmunitario. Esta complejidad significa que puede haber muchas vías diferentes hacia el cáncer que difieren de un tumor a otro y, según parece, incluso de una célula a otra dentro de un mismo tumor.

Nuevos estudios genéticos hacen hincapié en la similitud del daño acumulado en perros y personas. En un estudio aún por publicar, Elinor Karlsson, especialista en genómica de la Universidad de Massachusetts, y sus colegas analizaron las secuencias genéticas de más de 15.000 tumores humanos de 32 tipos y más de 400 tumores caninos de siete tipos.
Esos daños eran muy similares en las dos especies, dice Karlsson. “En términos de lo que impulsa los cánceres, son básicamente los mismos genes en perros y humanos”.
Muchos de los tumores caninos presentaban mutaciones en genes que ya se sabe que provocan cánceres humanos. Además, las mutaciones se producían a menudo en los mismos lugares o cerca de ellos en ambas especies, lo que sugiere que pueden causar disfunciones similares.
Los investigadores de FidoCure, una empresa californiana dedicada al cáncer canino, realizaron recientemente un hallazgo similar. Los científicos investigan cómo los tumores con mutaciones genéticas específicas responden a las terapias humanas. El equipo revisó los historiales de 1.108 perros con cáncer y descubrió que aquellos cuyos tumores presentaban determinadas mutaciones tenían mayores tasas de supervivencia si eran tratados con un fármaco humano específico para esa mutación.
Esto implica que la biología subyacente de los cánceres puede ser similar en las dos especies y, de ser así, los investigadores deberían poder trabajar también en la otra dirección: utilizar a los perros como banco de pruebas para desarrollar terapias para las personas.
Esto ya ha dado frutos en algunas terapias contra el cáncer desarrolladas por primera vez en perros y que ahora están en fase de ensayo clínico o aprobadas para humanos, dice Amy LeBlanc, oncóloga veterinaria y directora del programa de oncología comparada del Instituto Nacional del Cáncer. Algunos ejemplos son las inmunoterapias para cánceres cerebrales, la terapia vírica contra el linfoma y las terapias farmacológicas contra el mieloma múltiple, el linfoma y los tumores cerebrales.

Un camino más rápido
Los cánceres progresan más deprisa en los perros, lo que significa que los ensayos clínicos arrojan resultados más rápidamente. Por ejemplo, los tumores suelen producir una abundancia inusual de moléculas de ARN malformadas. Los investigadores han demostrado en ratones que una vacuna dirigida a estas moléculas puede retrasar o prevenir la aparición de cánceres. Pero probar una vacuna preventiva en personas no daría resultados hasta pasados muchos años, incluso décadas.
“Sería un salto enorme pasar de los estudios con ratones a una especie de gigantesco estudio de prevención del cáncer en humanos de 15 o 20 años de duración”, afirma Douglas Thamm, veterinario oncólogo de la Universidad Estatal de Colorado.
Thamm y sus colegas probaron la vacuna en perros, lo que reduce el plazo a solo cinco años. Ya se han recogido todos los datos —de 804 perros— y los investigadores los están analizando, con una respuesta sobre la eficacia de la vacuna prevista para finales de 2025.
Las técnicas de detección del cáncer también pueden beneficiarse de las pruebas en perros. Muchos golden retriever, por ejemplo, acaban desarrollando un cáncer de los vasos sanguíneos llamado hemangiosarcoma. Los fármacos suelen impedir la progresión del cáncer, pero muchos perros acaban recayendo. Karlsson y sus colegas están estudiando si pueden detectar esa recaída en muestras de sangre de perros afectados.
La técnica aún está en desarrollo, pero la esperanza es que la detección de signos tempranos de recaída permita a los veterinarios abandonar las terapias que fracasan y probar otra cosa más rápidamente, dice la colíder del proyecto Cheryl London, oncóloga médica veterinaria e inmunóloga de la Universidad de Tufts, coautora en 2016 de una revisión de las similitudes entre los cánceres de perros y humanos.
Perros guardianes del medio ambiente
Hay otra forma importante en que los perros pueden beneficiar el estudio del cáncer: como centinelas medioambientales.
“Los perros viven en nuestro entorno”, afirma Breen. “Respiran el mismo aire, beben la misma agua. Corren por el mismo césped tratado con herbicidas”. Si esas exposiciones aumentan el riesgo de cáncer en los perros, es probable que también lo hagan en las personas, ya que las vías genómicas que conducen al cáncer son muy similares.
En las personas, la exposición a diversos carcinógenos ambientales puede tardar 25 años en producir cáncer, afirma Breen. “Pero la aceleración de la vida de los perros significa que solo necesitan exponerse a ellos durante dos o tres años”. Eso convierte a los perros en una forma más rápida de detectar las sustancias químicas que potencialmente suponen un mayor peligro para las personas.

Breen y sus colegas pusieron a prueba esta idea. Les interesaban las toxinas ambientales que podrían contribuir al cáncer de vejiga. En los perros, los daños genéticos que se acumulan en las células de la pared de la vejiga suelen incluir una mutación específica denominada BRAF V595E, un marcador precoz del cáncer de vejiga. Investigaciones anteriores habían sugerido que las sustancias químicas ambientales estaban relacionadas con el cáncer.
¿Pero cuáles? Para averiguarlo, el equipo identificó a 25 perros con la mutación BRAF V595E mediante muestras de orina. Les enviaron etiquetas de silicona especialmente diseñadas. También enviaron etiquetas a 76 perros (emparejados por raza, sexo y edad) que carecían de la mutación. Cada uno llevó la silicona durante cinco días, durante los cuales el objeto absorbió sustancias químicas del entorno doméstico.
El análisis identificó 25 sustancias químicas que eran más abundantes en los perros con la mutación y, por tanto, candidatas a ser carcinógenos. Entre ellas había retardantes de fuego, plastificantes y subproductos de la combustión procedentes del fumado, los incendios y las emisiones de vehículos. “Son los tipos clásicos de sustancias químicas que están en casa de todo el mundo”, dice Breen. Un estudio anterior de Breen y su equipo observó patrones de exposición similares registrados por las etiquetas de silicona de los perros y las pulseras de silicona que llevan sus dueños.
Un método similar podría ayudar a medir el riesgo de cáncer por otras exposiciones ambientales, como el descarrilamiento del tren en East Palestine. Para ello, Karlsson y sus colegas enviaron etiquetas de silicona a unos 75 propietarios de perros que viven cerca del lugar. Los investigadores están midiendo las sustancias químicas presentes en las placas y analizando muestras de sangre de los perros para detectar cambios genéticos relacionados con el cáncer.
Según Karlsson, si los perros expuestos a las sustancias del descarrilamiento presentan un mayor índice de estas mutaciones, podría ser necesario vigilarlos a ellos y a sus dueños para detectar un mayor riesgo de cáncer.
Mientras los investigadores estudian los vínculos entre el cáncer de perro y el de las personas, reiteran que los beneficios no son solo para la ciencia, también para los dueños de perros y sus mascotas enfermas. Las mascotas reciben cuidados oncológicos muy sofisticados a los que sus dueños no tendrían acceso de otro modo, y los dueños pueden pasar un poco más de tiempo con sus compañeros. “No estamos experimentando con estos animales en su detrimento”, afirma Thamm. “Intentamos ayudar a estos individuos”.
Este artículo apareció originalmente en Knowable en español, una publicación sin ánimo de lucro dedicada a poner el conocimiento científico al alcance de todos. Suscríbase al boletín de Knowable en español.