
Las mordeduras de serpientes del género Bothrops, conocidas en Costa Rica principalmente por especies como la terciopelo, no solo lesionan por el veneno que entra al cuerpo. Parte importante del daño ocurre después, cuando el propio organismo activa mecanismos inflamatorios que pueden agravar la destrucción de tejidos.
Un estudio publicado en la revista científica PLOS Neglected Tropical Diseases analizó cómo ciertas moléculas encargadas de degradar y reparar tejidos influyen en la evolución clínica de pacientes mordidos por estas serpientes. Los investigadores encontraron que la diferencia entre una evolución leve y una grave no siempre está en el inicio del accidente, sino en cómo el cuerpo logra —o no— recuperar el equilibrio después de recibir el antiveneno.
La investigación fue realizada por científicos de la Fundación de Medicina Tropical Heitor Vieira Dourado, en Brasil, junto con otras instituciones académicas, y se centró en pacientes afectados por mordeduras de serpientes del género Bothrops, responsables de la mayoría de accidentes ofídicos en la Amazonía brasileña. En esa región, Bothrops atrox representa cerca del 90% de los casos reportados.
El veneno de estas serpientes contiene una mezcla de toxinas capaces de provocar dolor intenso, inflamación, edema, hemorragias y destrucción local de tejidos. Entre esas toxinas destacan las metaloproteinasas del veneno, enzimas que rompen estructuras del tejido y favorecen el daño inmediato.
Sin embargo, el estudio explica que no todo depende del veneno. El cuerpo también produce sus propias metaloproteinasas, llamadas MMP, que participan en la inflamación y en la remodelación de los tejidos.
Estas moléculas ayudan normalmente a reparar daños porque degradan componentes de la matriz extracelular, una especie de “andamiaje” que sostiene las células y mantiene la estructura de los tejidos. También intervienen en procesos como la migración celular, la formación de vasos sanguíneos y la respuesta inmunitaria.
Para que ese proceso no se descontrole, existen proteínas llamadas TIMP, que actúan como inhibidores naturales de las MMP. El equilibrio entre ambas determina si el tejido logra repararse o si la inflamación continúa destruyéndolo.
Los investigadores siguieron a 30 pacientes atendidos por mordeduras de Bothrops y los clasificaron en dos grupos: casos leves y casos graves. Midieron en sangre varias MMP y TIMP antes y después de administrar el suero antiofídico, además de compararlos con 20 donantes sanos.
Al inicio, ambos grupos mostraban perfiles bastante parecidos. Las primeras señales inflamatorias y la activación inicial de varias metaloproteinasas no presentaban diferencias importantes entre pacientes leves y graves.
La diferencia apareció después del tratamiento.
En los casos leves, el organismo logró reorganizar ese sistema. Las concentraciones de MMP y TIMP tendieron a recuperar un balance que favorecía la renovación de la matriz extracelular y la reparación del tejido lesionado.
En cambio, en los casos graves, ese equilibrio no se restableció. Persistió una desregulación sostenida que dificultó la reorganización del tejido y mantuvo activas rutas inflamatorias capaces de prolongar el daño local.
Según el artículo, esa alteración persistente puede contribuir a necrosis, formación de abscesos, ampollas y complicaciones más severas como sangrados importantes, hipotensión o lesión renal aguda.
Los autores concluyen que observar cómo evoluciona el balance entre MMP y TIMP después del antiveneno podría ayudar a identificar pacientes con mayor riesgo de complicaciones.
El estudio no plantea todavía una nueva herramienta diagnóstica ni un tratamiento adicional, pero sí señala que estas moléculas podrían convertirse en futuros marcadores pronósticos o incluso en posibles blancos terapéuticos para reducir el daño a largo plazo.
También advierten que se trata de un estudio exploratorio con una muestra pequeña, por lo que será necesario confirmarlo con investigaciones más amplias antes de trasladarlo a la práctica clínica.
