
Se patentó en 1963 y en solo dos años ya dominaba el mercado cervecero de Estados Unidos. La invención del precinto metálico modificó para siempre la forma de abrir y consumir bebidas en lata en el mundo.
Un picnic frustrado dio origen a uno de los cambios más relevantes en la industria de bebidas. En 1959, el ingeniero Ermal Cleon Fraze intentó abrir varias latas de cerveza y descubrió que había olvidado el destapador. Golpeó las latas contra el paragolpes de su automóvil. El resultado fue metal deformado y espuma derramada. Ese episodio marcó el inicio de una innovación que transformó el consumo global.
Fraze vivía en Dayton, en el Medio Oeste de Estados Unidos. Nació en una granja cerca de Muncie, Indiana. En 1937 se trasladó a Dayton en busca de trabajo. Laboró ensamblando premios promocionales para las cajas de Cracker Jack. Luego se vinculó con la industria del aluminio, uno de los sectores clave en Norteamérica.
Era egresado de Kettering University, en Michigan. Tenía formación técnica en metales y fabricación de piezas. Conocía el comportamiento del aluminio. Sabía cuánto resistía y cómo controlar su desgarro.
En el garaje de su casa instaló un pequeño taller mecánico. Tras el incidente del picnic diseñó una tapa con una línea de debilitamiento. La incisión delimitaba el punto exacto de apertura. Sobre esa zona colocó una pieza metálica remachada. Al tirar de ella, funcionaba como palanca y desgarraba el metal de forma controlada. La lata se abría sin herramientas externas.
El reto era técnico. La tapa debía resistir la presión de una bebida carbonatada. También debía abrirse con la mano sin que el desgarro se extendiera. La combinación entre resistencia y fragilidad controlada fue decisiva.
Hasta entonces las latas se abrían con un perforador metálico llamado church key. Era necesario hacer dos orificios. Uno permitía beber y otro dejaba entrar aire. Sin esa herramienta la lata resultaba inútil.
Las latas se comercializaron de forma masiva desde 1935 en Richmond, Virginia, con la cerveza Krueger’s Cream Ale. Frente al vidrio ofrecían menor peso y mayor resistencia a golpes. Permitían mejor transporte. Sin embargo, la incomodidad de apertura limitaba su expansión.
El aluminio sumó otra ventaja. Es 100% reciclable sin perder calidad. Una lata puede regresar al mercado en 60 días tras su reciclaje. Esa característica fortaleció su posición como envase sostenible.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos vivió un auge de consumo. Crecieron los supermercados. Aumentó el poder adquisitivo. La cultura del ocio impulsó la demanda de envases prácticos. El contexto favoreció la innovación.
La patente que disparó ventas
En 1963, Fraze patentó el sistema en Estados Unidos. Vendió la licencia a Alcoa y a Pittsburgh Brewing Company, en Pensilvania. Esta última lo probó con su cerveza Iron City. Las ventas crecieron un 233% en un año tras la introducción de la nueva tapa.
Para junio de 1963, unas 40 marcas de cerveza en Estados Unidos utilizaban el sistema. En 1965, cerca del 75% de las cervecerías del país lo incorporaron.
El cambio modificó hábitos. La lata se volvió portátil. Ya no dependía de un abridor externo. Podía abrirse en un parque o en un estadio. El envase metálico ganó terreno frente al vidrio.
A finales de la década de 1950 casi no existían latas fabricadas completamente en aluminio. En 1963 su uso era marginal. Hacia 1997 el consumo anual superó los 180.000 millones de unidades en el mundo. Los envases metálicos en conjunto rondaban los 400.000 millones anuales.
El sistema también llegó a los refrescos. A inicios de los años 60 empresas como Royal Crown comercializaron bebidas carbonatadas en latas de aluminio con este mecanismo.
La mejora tecnológica fue constante. A comienzos de los años 60, 1.000 latas pesaban cerca de 25 kilos. A mediados de los 70 bajaron a 44,8 libras. A finales de los 90 pesaban 15 kilos. Hoy el peso es inferior a 30 libras.
Entre 1975 y 1995 la cantidad de latas de 12 onzas producidas con una libra de aluminio aumentó un 35%. Según datos de Alcoa, el aluminio necesario para fabricar 1.000 latas pasó de 25,8 libras en 1988 a 22,3 libras en 2000.
La eficiencia redujo costos y consumo energético. La velocidad de producción también creció. En los años 70 se fabricaban entre 650 y 1.000 latas por minuto. En los 80 la cifra alcanzó 1.750. Hoy supera las 2.000 por minuto.
El problema ambiental y la solución definitiva
El primer diseño tenía un inconveniente. La lengüeta se desprendía y quedaba suelta. Millones de piezas metálicas se acumularon en playas y parques. Se reportaron cortes e ingestiones accidentales.
En 1975, el ingeniero Daniel F. Cudzik, de Reynolds Metals, creó la lengüeta fija o stay-tab. El sistema mantenía el principio de desgarro controlado. La pieza quedaba unida a la tapa. El residuo desapareció.
Con el tiempo se incorporó un pequeño orificio en la lengüeta. Muchos creyeron que servía para sostener un sorbete. Su función real es mecánica. Distribuye mejor la fuerza al abrir. Permite reducir la cantidad de aluminio por pieza.
Más de seis décadas después de su patente, el concepto original permanece vigente. La tapa abre fácil no suele figurar entre los grandes inventos del siglo XX. Sin embargo, multiplicó ventas, aceleró el uso del aluminio y modificó un gesto cotidiano en todo el mundo.
*La creación de este contenido contó con la asistencia de inteligencia artificial. La fuente de esta información es de un medio del Grupo de Diarios América (GDA) y revisada por un editor para asegurar su precisión. El contenido no se generó automáticamente.
